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"El
Que Escondió la Pelota"
Por Daniel Botti
No
sabemos como ocurrió. Parecía un acto
de magia. Éramos como setenta mil en la cancha
y casi ciento cuarenta mil ojos, y digo casi por que
estaba el tuerto García en la barra brava. La
cosa es que justo llegó el centro por la izquierda
y Pontone la vio venir, y como si fuera el último
puntapié de su vida, la pateó con cuerpo
y alma. Y el esférico se elevó y parecía
que no bajaba más... y no bajó más...
estaban los veinticinco tipos en la cancha, los suplentes
y los dos técnicos esperando el descenso pero
la pelota se perdió en el cielo y no la vimos
nunca más. Y nos quedamos un rato mirando para
arriba como tontos. El árbitro era estricto,
de ésos que hacían cumplir el reglamento
y si la pelota volvía y caía dentro de
la cancha el partido tenía que continuar y no
habría descuento porque el balón había
seguido en juego. La superficie del campo deportivo
tiene largo y ancho pero no tiene alto, como si fuera
un dibujo que tuviera dos dimensiones. Entonces por
más arriba que vuele la pelota nunca se va...
qué increíble.
Habían pasado sólo diez minutos desde
que había comenzado el encuentro y estábamos
ahí, parados en el medio del cero a cero de la
final del campeonato. Los dos equipos habían
llegado con los mismos puntos, los mismos goles a favor
y en contra. No había diferencias de ningún
tipo. Nunca se había puesto tanto en juego en
un campeonato como en esa tarde. Eran los dos rivales
de toda la vida, eran los más fuertes... eran
los únicos....
Y la pelota sin aparecer. A los tres minutos el árbitro
pitó pidiendo un nuevo esférico... Y eso
sí que fue digno de ver: todos los pibes se habían
distraído mirando para arriba; ninguno había
cuidado el balón que le tocaba en custodia para
reemplazar al que eventualmente se perdiera o desinflara
o fuera a las tribunas, y entonces, cuando se dieron
vuelta, cada uno buscando el suyo, descubrieron que
todos habían desaparecido. Nos dimos cuenta de
que lo que había pasado con el que rechazó
Pontone tampoco era culpa de Pontone que todavía
se deshacía en disculpas; y fue el árbitro
quien le dijo que se callara la boca de una buena vez,
que parecía un maricón, y la verdad es
que el hombre de negro tenía razón porque
el tipo lloraba como una nena y era un jugador de fútbol
de primera división, y los profesionales del
balompié no tenían que llorar salvo por
la emoción del gol, porque un gol justifica todo,
hasta el llanto, hasta levantarse la camiseta y mostrar
la foto del bebé, si es que se tiene uno.
La cosa es que Pontone se calmó y entonces se
juntaron el árbitro con sus colaboradores más
el comisario deportivo a un costado de la cancha, cerca
del túnel; y cada técnico con su equipo
en otras zonas del campo de juego y era increíble
porque el silencio era monumental, no volaba ni una
mosca, el cartel luminoso estaba apagado, los parlantes,
mudos; pero todos sabíamos qué pasaba.
El reglamento era el reglamento y el partido no se podía
suspender ni siquiera por lluvia y tampoco podía
dárselo por terminado a diez minutos del comienzo
así que había que resolverlo y estábamos
todos pendientes de la decisión del árbitro
y sus colaboradores.
Y el flaco Spadapietro, que siempre está en la
luna de Valencia, fue el único que habló.
Justo cuando todos guardábamos silencio, justo
cuando se necesitaba la frase para la posteridad, la
bestia del flaco Spadapietro lanzó la pregunta.
-¿Y para qué miércoles sirve un
comisario deportivo?
Y la hizo en voz alta, y todos se dieron vuelta; no
sólo la parcialidad local, sino toda la tribuna
visitante y no sabíamos dónde meternos
porque se suponía que nosotros, los de la barra,
éramos los expertos. Pero lo peor, lo que nos
mató, fue que también escucharan los árbitros
y el mismísimo comisario deportivo que estaría
al divino botón pero tenía oídos
de elefante. Y lo miró fijo al flaco Spadapietro
que trataba de esconderse entre la parcialidad que es
capaz de esconder a cualquiera menos a alguien que se
desubica de esa manera, así que todos se abrieron
del desubicado que se quedó aislado y descubierto.
El comisario lo miró fijo a los ojos desde el
campo al lado del túnel y levantó una
mano y lo señaló como diciéndole
"a vos te la tengo jurada". La cosa hubiera
terminado ahí si no fuera porque el flaco Spadapietro,
en lugar de irse al mazo y quedarse callado, también
él levantó la mano, también él
señaló al comisario deportivo; pero en
lugar de hacerlo con su dedo índice, lo hizo
con el anular, y después elevó el puño
a los cielos y le quedó impecablemente marcado
el símbolo del "fuck you", y parecía
que aquello sí, que eso marcaría el final
del encuentro porque no se le hace el símbolo
del "fuck you" a un comisario deportivo y
menos cuando todo el mundo lo está viendo. Pero
no, el tipo hizo una seña y cinco policías
con perros que salieron de la nada y estaban de incógnito
en las tribunas lo cazaron de las pestañas al
flaco y se lo llevaron sin que pudiera decir "esta
boca es mía". Y lo que más nos impresionó
fue el disfraz de los guardianes del orden: parecían
hinchas, juro que parecían hinchas de la pesada.
Subsanado el incidente menor quedaba ahora el asunto
de las pelotas, y ahí sí que no había
mucho que hacer, y uno de los técnicos que ya
se estaba cansando del conciliábulo de los árbitros,
preguntó desde lejos, desde la otra punta.
-¿Qué vamos a hacer? Los muchachos se
están enfriando.
Y el réferi, que conoce el reglamento como ninguno,
sabía que tenía todo el derecho del mundo
de expulsar al técnico de la cancha. Y nadie
protestó mientras el tipo era acompañado
por dos policías al vestuario, porque cuando
el árbitro elucubra con sus colaboradores y con
el comisario deportivo no se lo puede interrumpir. Seguro
que el reglamento contemplaba esa posibilidad, que tenía
que existir un artículo que prohibiera la interrupción
de las elucubraciones de un árbitro.
Esperamos un rato más sin abrir la boca hasta
que los hombres de negro desarmaron su formación
y se dirigieron a los utileros de ambos equipos. Los
tipos salieron disparados y volvieron con un montón
de medias que fueron metiendo una dentro de la otra,
bajo la estricta vigilancia de los jueces de línea,
y después envolvieron el asunto con una bolsa
de residuos de las negras y así formaron la pelota.
El comisario deportivo la levantó, la sopesó
pasándola de la mano izquierda a la derecha y
de la derecha a la izquierda, dio su aprobación
y se la tiró al árbitro quien, llevando
a los capitanes al lugar en donde Pontone había
colgado la de verdad, tiró la nueva al aire y
el partido se reanudó.
Y algo pasó. Algo único, irrepetible,
maravilloso, increíble.
Todos, absolutamente todos los jugadores, al entrar
en contacto con la pelota hecha con medias, recordaron
sus comienzos cuando potrereaban en las canchitas de
tierra de las afueras de la ciudad o del interior; revivieron
su niñez y se contagiaron de aquel espíritu
de jugar por jugar, del orgullo del equipo de uno, del
que era fanático, no del que lo comprara para
el fútbol profesional.
Y con los árbitros pasó lo mismo: porque
ellos también, en algún momento, cuando
eran pibes, habían soñado con dirigir
un partido y allí estaban, como la primera vez.
Y los técnicos, y nosotros, el público,
como si lo viéramos en el potrero, detrás
del alambrado.
Y fue el partido más maravilloso que vi en mi
vida, donde los veintidós jugadores corrían
atrás de la pelota, donde las posiciones se olvidaban
porque lo importante era aunque sea tocarla una vez
en el partido, ya no importaba otra cosa, y las camisetas
comenzaron a transpirarse, verdaderamente a transpirarse,
y cuando el flaco Cabriole se tiró simulando
una falta, hasta los mismos compañeros se le
fueron al humo, y al que le cobraron la falta fue a
él, por simular lo que no había existido.
Y entonces vino el pase de pared de Florenti a Gargione
y de Gargione a Florenti que sacó el zurdazo
que se clavó en el ángulo y la cancha
fue una fiesta, sobre todo la hinchada del otro equipo,
pero también festejaron los árbitros y
el comisario deportivo, mientras nosotros aplaudíamos,
sí, porque más allá de la parcialidad,
el gol había sido de primera, y Bordiccio, nuestro
arquero que le hizo un gesto a Florenti como si se sacara
el sombrero, porque aquel había sido un gol de
antología.
Y justo cuando estaba por finalizar el primer tiempo,
justo en el minuto cuarenta y cinco, después
del descuento de los que pasaron inactivos cuando no
había pelota, les empatamos. Y fue la gloria.
El árbitro pitó y los jugadores de los
dos equipos que se arremolinaban y le pedían
que no parara, que el partido estaba buenísimo
y que no había necesidad de cortarla, y el hombre
de negro sopló nuevamente el pito y los equipos
cambiaron de campo y antes de empezar el segundo tiempo,
los técnicos reemplazaron a todos los jugadores
que tenían en el banco por los titulares, inclusive
los arqueros porque todos tenían derecho a jugar,
todos, si hasta los líneas se turnaron para ser
árbitros.
Y allí vino un nuevo gol nuestro y después
el tanto de ellos y cuando terminó el partido
que duró dos horas y veinte minutos sin parar,
estábamos dos a dos y ya andaban todos los muchachos
cansados y el árbitro, el juez del partido, determinó
que ambos habían jugado muy bien, que ambos eran
brillantes, y dio por terminado el encuentro e hizo
un llamamiento por los altoparlantes para que la Asociación
del Fútbol Argentino diera el campeonato a ambos
equipos que habían puesto todo en la cancha.
Ambos se merecían la copa y las medallas, y los
premios, porque habían jugado por la camiseta.
Y el aplauso fue impresionante. Y Pontone llorando de
emoción, porque Pontone no podía parar
de llorar.
Y todo gracias a una pelota hecha con medias.
A una verdadera pelota.
La noticia en los diarios cuenta que sólo el
sereno del estadio vio caer, como a las tres de la mañana,
la pelota ésa que había colgado Pontone.
Y declaró que la vio venir del cielo, y todos
pensamos lo mismo: al balón de cuero se lo había
quedado Dios para que nosotros recordáramos y
reviviéramos lo que era el fútbol de verdad.
Y también pensamos que el Señor era el
mejor jugador de todos.
Después de Maradona, claro.
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