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Pagina Oficial del Pepín Deportivo
Bestias: disfruten de nuestros cuentos y poesías escritas por los Pepines cultos

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1.
Viernes a la noche

2.
Respuesta a Viernes a la noche

3.
Ocaso

4.
Volveré y seré millones

5.
Ave Fenix

6. Fútbol y Amigos

7.
La esposa ideal

8.
Cambalache

9. Las Mudas

10.
Alma de Baldío

11.
Al Gran Pepe

12.
Herencia Gaucha

13. ¿El pastor tiene otro nieto?

14. Amor al fútbol


Cuentos

1.
El sueño de Pique Corto

2.
El Que Escondió la Pelota

3. Un poco de Cultura

"El Que Escondió la Pelota"
Por Daniel Botti

No sabemos como ocurrió. Parecía un acto de magia. Éramos como setenta mil en la cancha y casi ciento cuarenta mil ojos, y digo casi por que estaba el tuerto García en la barra brava. La cosa es que justo llegó el centro por la izquierda y Pontone la vio venir, y como si fuera el último puntapié de su vida, la pateó con cuerpo y alma. Y el esférico se elevó y parecía que no bajaba más... y no bajó más... estaban los veinticinco tipos en la cancha, los suplentes y los dos técnicos esperando el descenso pero la pelota se perdió en el cielo y no la vimos nunca más. Y nos quedamos un rato mirando para arriba como tontos. El árbitro era estricto, de ésos que hacían cumplir el reglamento y si la pelota volvía y caía dentro de la cancha el partido tenía que continuar y no habría descuento porque el balón había seguido en juego. La superficie del campo deportivo tiene largo y ancho pero no tiene alto, como si fuera un dibujo que tuviera dos dimensiones. Entonces por más arriba que vuele la pelota nunca se va... qué increíble.
Habían pasado sólo diez minutos desde que había comenzado el encuentro y estábamos ahí, parados en el medio del cero a cero de la final del campeonato. Los dos equipos habían llegado con los mismos puntos, los mismos goles a favor y en contra. No había diferencias de ningún tipo. Nunca se había puesto tanto en juego en un campeonato como en esa tarde. Eran los dos rivales de toda la vida, eran los más fuertes... eran los únicos....
Y la pelota sin aparecer. A los tres minutos el árbitro pitó pidiendo un nuevo esférico... Y eso sí que fue digno de ver: todos los pibes se habían distraído mirando para arriba; ninguno había cuidado el balón que le tocaba en custodia para reemplazar al que eventualmente se perdiera o desinflara o fuera a las tribunas, y entonces, cuando se dieron vuelta, cada uno buscando el suyo, descubrieron que todos habían desaparecido. Nos dimos cuenta de que lo que había pasado con el que rechazó Pontone tampoco era culpa de Pontone que todavía se deshacía en disculpas; y fue el árbitro quien le dijo que se callara la boca de una buena vez, que parecía un maricón, y la verdad es que el hombre de negro tenía razón porque el tipo lloraba como una nena y era un jugador de fútbol de primera división, y los profesionales del balompié no tenían que llorar salvo por la emoción del gol, porque un gol justifica todo, hasta el llanto, hasta levantarse la camiseta y mostrar la foto del bebé, si es que se tiene uno.
La cosa es que Pontone se calmó y entonces se juntaron el árbitro con sus colaboradores más el comisario deportivo a un costado de la cancha, cerca del túnel; y cada técnico con su equipo en otras zonas del campo de juego y era increíble porque el silencio era monumental, no volaba ni una mosca, el cartel luminoso estaba apagado, los parlantes, mudos; pero todos sabíamos qué pasaba. El reglamento era el reglamento y el partido no se podía suspender ni siquiera por lluvia y tampoco podía dárselo por terminado a diez minutos del comienzo así que había que resolverlo y estábamos todos pendientes de la decisión del árbitro y sus colaboradores.
Y el flaco Spadapietro, que siempre está en la luna de Valencia, fue el único que habló. Justo cuando todos guardábamos silencio, justo cuando se necesitaba la frase para la posteridad, la bestia del flaco Spadapietro lanzó la pregunta.
-¿Y para qué miércoles sirve un comisario deportivo?
Y la hizo en voz alta, y todos se dieron vuelta; no sólo la parcialidad local, sino toda la tribuna visitante y no sabíamos dónde meternos porque se suponía que nosotros, los de la barra, éramos los expertos. Pero lo peor, lo que nos mató, fue que también escucharan los árbitros y el mismísimo comisario deportivo que estaría al divino botón pero tenía oídos de elefante. Y lo miró fijo al flaco Spadapietro que trataba de esconderse entre la parcialidad que es capaz de esconder a cualquiera menos a alguien que se desubica de esa manera, así que todos se abrieron del desubicado que se quedó aislado y descubierto. El comisario lo miró fijo a los ojos desde el campo al lado del túnel y levantó una mano y lo señaló como diciéndole "a vos te la tengo jurada". La cosa hubiera terminado ahí si no fuera porque el flaco Spadapietro, en lugar de irse al mazo y quedarse callado, también él levantó la mano, también él señaló al comisario deportivo; pero en lugar de hacerlo con su dedo índice, lo hizo con el anular, y después elevó el puño a los cielos y le quedó impecablemente marcado el símbolo del "fuck you", y parecía que aquello sí, que eso marcaría el final del encuentro porque no se le hace el símbolo del "fuck you" a un comisario deportivo y menos cuando todo el mundo lo está viendo. Pero no, el tipo hizo una seña y cinco policías con perros que salieron de la nada y estaban de incógnito en las tribunas lo cazaron de las pestañas al flaco y se lo llevaron sin que pudiera decir "esta boca es mía". Y lo que más nos impresionó fue el disfraz de los guardianes del orden: parecían hinchas, juro que parecían hinchas de la pesada.
Subsanado el incidente menor quedaba ahora el asunto de las pelotas, y ahí sí que no había mucho que hacer, y uno de los técnicos que ya se estaba cansando del conciliábulo de los árbitros, preguntó desde lejos, desde la otra punta.
-¿Qué vamos a hacer? Los muchachos se están enfriando.
Y el réferi, que conoce el reglamento como ninguno, sabía que tenía todo el derecho del mundo de expulsar al técnico de la cancha. Y nadie protestó mientras el tipo era acompañado por dos policías al vestuario, porque cuando el árbitro elucubra con sus colaboradores y con el comisario deportivo no se lo puede interrumpir. Seguro que el reglamento contemplaba esa posibilidad, que tenía que existir un artículo que prohibiera la interrupción de las elucubraciones de un árbitro.
Esperamos un rato más sin abrir la boca hasta que los hombres de negro desarmaron su formación y se dirigieron a los utileros de ambos equipos. Los tipos salieron disparados y volvieron con un montón de medias que fueron metiendo una dentro de la otra, bajo la estricta vigilancia de los jueces de línea, y después envolvieron el asunto con una bolsa de residuos de las negras y así formaron la pelota. El comisario deportivo la levantó, la sopesó pasándola de la mano izquierda a la derecha y de la derecha a la izquierda, dio su aprobación y se la tiró al árbitro quien, llevando a los capitanes al lugar en donde Pontone había colgado la de verdad, tiró la nueva al aire y el partido se reanudó.
Y algo pasó. Algo único, irrepetible, maravilloso, increíble.
Todos, absolutamente todos los jugadores, al entrar en contacto con la pelota hecha con medias, recordaron sus comienzos cuando potrereaban en las canchitas de tierra de las afueras de la ciudad o del interior; revivieron su niñez y se contagiaron de aquel espíritu de jugar por jugar, del orgullo del equipo de uno, del que era fanático, no del que lo comprara para el fútbol profesional.
Y con los árbitros pasó lo mismo: porque ellos también, en algún momento, cuando eran pibes, habían soñado con dirigir un partido y allí estaban, como la primera vez. Y los técnicos, y nosotros, el público, como si lo viéramos en el potrero, detrás del alambrado.
Y fue el partido más maravilloso que vi en mi vida, donde los veintidós jugadores corrían atrás de la pelota, donde las posiciones se olvidaban porque lo importante era aunque sea tocarla una vez en el partido, ya no importaba otra cosa, y las camisetas comenzaron a transpirarse, verdaderamente a transpirarse, y cuando el flaco Cabriole se tiró simulando una falta, hasta los mismos compañeros se le fueron al humo, y al que le cobraron la falta fue a él, por simular lo que no había existido. Y entonces vino el pase de pared de Florenti a Gargione y de Gargione a Florenti que sacó el zurdazo que se clavó en el ángulo y la cancha fue una fiesta, sobre todo la hinchada del otro equipo, pero también festejaron los árbitros y el comisario deportivo, mientras nosotros aplaudíamos, sí, porque más allá de la parcialidad, el gol había sido de primera, y Bordiccio, nuestro arquero que le hizo un gesto a Florenti como si se sacara el sombrero, porque aquel había sido un gol de antología.
Y justo cuando estaba por finalizar el primer tiempo, justo en el minuto cuarenta y cinco, después del descuento de los que pasaron inactivos cuando no había pelota, les empatamos. Y fue la gloria.
El árbitro pitó y los jugadores de los dos equipos que se arremolinaban y le pedían que no parara, que el partido estaba buenísimo y que no había necesidad de cortarla, y el hombre de negro sopló nuevamente el pito y los equipos cambiaron de campo y antes de empezar el segundo tiempo, los técnicos reemplazaron a todos los jugadores que tenían en el banco por los titulares, inclusive los arqueros porque todos tenían derecho a jugar, todos, si hasta los líneas se turnaron para ser árbitros.
Y allí vino un nuevo gol nuestro y después el tanto de ellos y cuando terminó el partido que duró dos horas y veinte minutos sin parar, estábamos dos a dos y ya andaban todos los muchachos cansados y el árbitro, el juez del partido, determinó que ambos habían jugado muy bien, que ambos eran brillantes, y dio por terminado el encuentro e hizo un llamamiento por los altoparlantes para que la Asociación del Fútbol Argentino diera el campeonato a ambos equipos que habían puesto todo en la cancha. Ambos se merecían la copa y las medallas, y los premios, porque habían jugado por la camiseta. Y el aplauso fue impresionante. Y Pontone llorando de emoción, porque Pontone no podía parar de llorar.
Y todo gracias a una pelota hecha con medias.
A una verdadera pelota.
La noticia en los diarios cuenta que sólo el sereno del estadio vio caer, como a las tres de la mañana, la pelota ésa que había colgado Pontone.
Y declaró que la vio venir del cielo, y todos pensamos lo mismo: al balón de cuero se lo había quedado Dios para que nosotros recordáramos y reviviéramos lo que era el fútbol de verdad.
Y también pensamos que el Señor era el mejor jugador de todos.
Después de Maradona, claro.

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