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Pagina Oficial del Pepín Deportivo
En esta sección les contaremos como nació nuestro equipo, y cuales fueron nuestras hazañas...

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Volveré y seré millones

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Cuentos

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El sueño de Pique Corto

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El Que Escondió la Pelota

3.
Un poco de Cultura

Calmares en su tinta
Por Pablo Lafourcade

Para entender lo que le pasó a Tincho, hay que remontarse unos cuantos meses atrás. Diría que casi un año, cuando él comenzó con todos esos problemas en el bobo, al mismo tiempo en que Tense empezaba a realizar la mejor campaña de su historia.

Parecía cosa de Mandinga: cuanto  mejor andaba Platense (entreverado en los primeros lugares de la tabla), más complicaciones de salud tenía Martín. ¡Como sufrió ese campeonato!; sólo pudo ir a la cancha en los primeros cuatro o cinco partidos, y él era de esos que son capaces de resignar el cumpleaños de un hijo por seguir a su club.

Recuerdo que como él ya tenía la prohibición médica de ver al calamar, después de la cancha, siempre lo íbamos a visitar con los muchachos para comentar el partido y pellizcarnos entre nosotros, porque todavía no podíamos creer semejante campañón. Nunca tuvimos la costumbre de conversar mucho de temas que no atañen a la vida de nuestro club, pero ese año fue inigualable: no se hablaba de otra cosa que no sea Tense. Uno de los pibes, Marcelo, llegó a ir al baño con la puerta abierta con la excusa de que no quería perderse nada de lo que dijéramos. Estábamos locos de contentos.

La cosa fue que durante el partido que le ganamos a Boca en Vicente López, alrededor de la fecha diez, a Tincho lo tuvieron que internar. Su hija, Florencia, fue la que nos contó la mala nueva;  dijo que se lo habían llevado porque tuvo un ataque cuando nuestro número nueve estrelló un penal en el palo. Visiblemente compungida,  se negó a decirnos en qué hospital estaba para que no lo visitemos. Justificó la decisión de su madre explicándonos que, según había dicho uno de los médicos, Martín tenía que estar tranquilo: nada de emociones fuertes, malasangre, ni partidos de Platense.

Sinceramente, no le dimos mucha importancia a su advertencia. Nosotros a Tincho lo íbamos a seguir viendo, cueste lo que cueste. De Tense había que hablar y sabíamos que él, desde su habitación, nos iba a estar esperando como todos los domingos.

Hay que reconocer que verlo se nos complicó más de lo imaginado. El primer gran problema fue averiguar en qué hospital, clínica o sanatorio lo tenían encerrado. Debíamos actuar con rapidez: cada domingo que pasase era una semana más que nuestro amigo transitaría solo, ignorando la marcha del campeonato. Para ese entonces, ya nos habíamos enterado de que no solamente le habían prohibido tener una radio, sino que tampoco lo dejaban leer los diarios y, la televisión la habían programado para que sólo pudiese ver cinco canales: dos de cocina, uno de dibujos animados y los restantes eran esos que pasan todo el tiempo documentales de animales. Pese a los cuatro caballos que teníamos como defensores -quienes no  desentonarían  en  un documental para alguno de los últimos dos canales- era casi imposible que Martín tuviese noticias del calamar.

Al cabo de unas semanas, Carlos lo encontró. Su mujer, para que no lo veamos, lo había internado en la habitación 110 del Hospital Álvarez, en Flores.

Para ese entonces, producto de que se había jugado una fecha entre semana, al campeonato le quedaban solamente tres partidos y, todavía, aunque cada vez el equipo jugaba peor, estábamos un punto por encima de River.

Gran sorpresa nos llevamos cuando lo quisimos visitar. Al anunciarnos, la enfermera nos dijo que teníamos la entrada prohibida. Le explicamos que él nos estaba esperando, que se iba a poner contento; también probamos darle algo de guita y hasta Marcelo (el más fachero de todos) intentó ablandarla proponiéndole ir a tomar un café, pero no hubo caso y el personal de seguridad nos invitó, “amablemente”, a retirarnos.

A los dos días, volvimos. Nos apostamos en la confitería que está enfrente del hospital, a la espera de que la esposa de Martín abandone el lugar. A eso de las siete de la tarde, la vimos descender los escalones blancos de la entrada del nosocomio; la seguimos con la mirada hasta que se perdió, al doblar por la esquina, en búsqueda del 133 que la devolvió a Vicente López. Si queríamos ver a Tincho, teníamos que actuar con premura. Entramos al hospital y nos separamos. Carlos se adelantó y fue hasta el pasillo que daba a la habitación 110; ahí mismo empezó a retorcerse en el piso mientras se tomaba la panza; la enfermera de turno no tardó en acompañarlo hasta la guardia. Yo ya estaba con mi guardapolvo blanco, transformado en el médico de cabecera de Martín. Caminé junto con Marcelo hasta la puerta de la pieza de Tincho; en el trayecto, nos cruzamos con Carlos, quien vomitado colgaba del hombro de la enfermera. Dudé de que estuviera actuando: el vómito no estaba planeado y, hasta hacía un rato, habíamos brindado unas quince veces, entusiasmados por la campaña de Tense. Cuando lo dejamos atrás, me di vuelta para seguir mirándolo y observé, cómplice, el guiño del ojo izquierdo de Carlos: era un verdadero artista, nadie simulaba penales tan bien en los picados y recordé que, más de una vez, había hecho números de ese estilo, para salir antes de su trabajo cuando había partido.

Abrí la puerta como en cámara lenta, gozando de la situación. Marcelo se quedó haciendo guardia del lado de afuera: temíamos que aparezca algún médico inoportuno, lo que hubiese provocado que terminemos todos en cana.

En la habitación, había dos camas. Martín dormía en la que estaba más cerca de la ventana; desde la otra, un viejo me miraba con la certeza de que no me había visto nunca; lo ignoré.

Con unas palmadas, desperté a Tincho. Estaba todo entubado, pero al verme sonrió y me apretó la mano con fuerza.

-          ¿Cómo vamos? – fue lo primero que me dijo, sin darme tiempo ni a decirle “hola”. – No nos caímos, ¿no? – prosiguió, ahora con gesto serio.

-          Quedate tranquilo, ya casi está. Faltan tres partidos y estamos arriba – preferí no decirle que River nos seguía de cerca.

-          Esto es una cagada. No me dejan ni enterarme de los resultados. Alberto, hermano, sacáme de acá. Yo quiero ver a Tense campeón. – suplicó.

El viejo de la cama de al lado escuchaba, incrédulo, nuestro diálogo.

-          Mirá, está jodida la mano, no saben que vinimos a verte; estoy con Charly y Marcelo, pero todos no podemos entrar. Igual te trajimos algo para que estés más tranquilo. – saqué de mi bolsillo una pequeña radio y la puse sobre su mano.

-          Gracias. – a Tincho le brillaban los ojos.

Entre tanta felicidad, vi que el viejo había aprovechado mi  descuido para agarrar el teléfono. Salté de la cama de Martín y, violentamente, le arranqué el tubo de la mano.

-          ¿Qué hacés?, estás loquito. – era claro que el viejo había llamado a la enfermera.

-          Ya viene para acá – me dijo desafiante, confiado de que no iba a golpearlo.

Instintivamente, extendí mi mano derecha, apuntándolo con el índice y, sin moverme de mi lugar, lo amenacé con un gesto. Noté que el viejo se fue poniendo pálido y, desde la puerta, saludé a Martín.

Salí del cuarto y nos fuimos volando. Veinte minutos más tarde, ya estábamos en el bar con Carlos, quien seguía medio grogui a causa de unos calmantes que le habían inyectado.

Después de esa tarde, recién nos vimos el domingo siguiente, en la popular visitante de la cancha de Vélez. Ya para ese entonces, era complicado conseguir una entrada, aunque nosotros nos la rebuscábamos. Nos ganaron uno a cero sobre la hora, pero como las gallinas también habían perdido, la caída dolió menos.

En la semana, nos enteramos de que Tincho había salvado su vida por milagro, luego de que tuviera otro infarto tras la derrota agónica que casi nos arrebata la punta. Su esposa vino especialmente a mi casa. “Por este aparatito casi matan mi marido!”, fue lo único que dijo antes de revolearme la radio por la cabeza.

Llamé a los muchachos para contarles lo que había pasado y decidimos vernos esa misma tarde en la sede del club.

-          La verdad es que lo de Martín fue una cagada. – empezó Marcelo

-          Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver. Lo menos que podíamos hacer era darle la radio para que escuche el partido: tenerlo aislado es inhumano. -  siguió Carlos, con esa falta de autocrítica que siempre lo caracterizó.    

-          No podés decir eso, esta vez nos fuimos al carajo. Pobre Tincho. – a Marcelo lo carcomía la culpa.

-          La cosa es que ahora se quedó solo: perdió la radio. Tenemos que hacer algo para que pueda escuchar, por lo menos, el último partido de Tense. – a Carlos parecía que nada iba a detenerlo en su afán por informar a su amigo.

-          Bueno, por ahora, mejor no hagamos más planes y dejemos a Martín en paz – intenté mediar entre el malestar de Marcelo y la excitación de Carlos. Nuestro fracaso era demasiado reciente como para comenzar a idear otra forma de acercarnos a Tincho.

 

El mozo trajo el café de Marcelo y la ginebra que compartí con Charly; él, como todo alcohólico, siempre encontraba un buen motivo para brindar. “Tincho sigue vivo y Platense en la punta.”

 

Por la anteúltima fecha, Platense ya había derrotado a Estudiantes, con inusual tranquilidad; River también había ganado. Sólo restaba esperar una semana y noventa minutos para saber si  salíamos campeones por primera vez.

Claro que no iba a ser sencillo, como nada lo fue jamás para el calamar. El rival del último partido del campeonato era justamente nuestro eterno clásico, Argentinos Juniors y, para colmo, de visitantes.

Esa semana, -casi diría que durante esos seis meses que duró el campeonato- ningún fana del marrón pudo conciliar el sueño. Por eso, a todos los que vi en ese tiempo con cara de dormidos, los consideré hinchas de Platense y la verdad que caminar a la mañana y cruzarme dos o tres calamares por cuadra me llenaba de orgullo.

Nosotros ya teníamos nuestras entradas. Marcelo, como andaba sin laburo, fue quien se encargó de hacer la cola, desde la madrugada, para conseguirlas. Esa misma noche, por iniciativa de Carlos, nos juntamos en la sede para festejar la compra. Entre copas, estuvimos durante dos horas conjeturando sobre si era mejor jugar con dos cincos para contener la subida de los laterales o si lo realmente conveniente era salir con un tipo con más manejo y pegada como el Mago Scorceli. No nos habíamos olvidado de Tincho, pero estábamos resignados a no verlo hasta después del partido.

-          ¡Ya está!, tengo la solución para ayudar a Martín – Carlos, con los codos apoyados sobre la mesa, volvía a insistir con nuestro amigo enfermo.

-          ¿Qué pensás? – contestó Marcelo, extrañamente entusiasmado por escucharlo.

-          Es muy fácil: si en caso de que perdamos a Tito le puede dar otro ataque al bobo; entonces, tenemos que hacer que Platense salga campeón.

Con Marcelo, lo miramos con un dejo de temor. Para Carlos, “hacer que Platense salga campeón”, podía implicar secuestros y extorsiones y nosotros no queríamos líos con la policía; sin embargo, lo dejamos continuar con la explicación.

-          Digo, hacerle creer a Tincho que Platense salió campeón – aclaró a medias.

-          Explicáte un poco mejor – demandé con tono sobrador.

-          La cosa es así: llevamos un relato trucho del partido contra Argentinos y se lo hacemos escuchar Martín.

-          ¿En el hospital? – consultó Marcelo alarmado.

-          No, si lo vamos a hacer en el Obelisco... Obviamente que en el hospital; por desgracia, no lo podemos sacar de ahí – Charly levantó su brazo derecho para llamar la atención del mozo.

-          Pero nosotros ya tenemos las entradas; ¿te pensás perder el partido? – pregunté desconcertado.

-          Por supuesto que no. Si el relato es grabado y Tincho no escucha la radio desde hace dos semanas, qué necesidad hay de que se lo hagamos escuchar a la misma hora. Te diría más, qué necesidad hay de que le pasemos el relato el mismo día del partido. – Carlos parecía tener todo estudiado, aunque nos aseguró que la idea se le había ocurrido minutos atrás.

-          Mirá Carlos, lo que decís está piola, pero es un quilombo: primero tenemos que tener el relato, después tenemos que entrar a ver a Tincho y… ¿pensaste qué puede pasar si nosotros le hacemos creer que salimos campeones y después perdemos contra Argentinos?. Nos va a querer matar. – los de Marcelo eran los últimos interrogantes que Carlos debía responder.

-          Muy fácil. De conseguir el relato me encargo yo: se lo voy a pedir a uno de los tipos que sigue la campaña de Tense; él me debe muchos favores y no me va a hacer problema. Además, voy a decirle que relate sólo el segundo tiempo, total a Tincho le decimos que llegamos tarde porque hicimos un último intento en el estadio por conseguir entradas. A la habitación, entramos por la fuerza, yo también me voy a encargar de eso.

-          ¿Y qué pasa si después no salimos campeones? – insistió Marcelo.

-          Si Platense finalmente sale campeón, la alegría de Tincho va a ser la misma, pero vivirá la fiesta con nosotros; y si perdemos – Carlos se llevó la mano derecha hacia su testículo izquierdo y lo apretó con cuidado – cuando Tincho se entere, por lo menos con nosotros no se va a calentar, porque le quisimos dar un alegrón. – al acercarse el mozo, Charly le pidió otra ginebra.

No nos quedó muy en claro la parte del plan de Carlos que contemplaba la entrada por la fuerza a la habitación 110, aunque no sé si habrá sido por la ingesta de alcohol o porque la idea realmente sonaba realizable, que decidimos juntarnos a las 12, el mismo domingo del partido, para darle la alegría a Martín.

 

Llegué un rato antes, a eso de las 11:30, y ni bien me divisó al doblar por la esquina, Carlos, sentado desde la mesa que da al ventanal del bar, alzó una copa de cerveza. A los diez minutos, ya estábamos los tres. Marcelo había venido con la remera, el gorro y la bandera haciendo juego. Carlos traía un bolso, pero se negó a revelar su contenido: “Ya se van a enterar”, dijo al tiempo en que sonreía como un chico antes de hacer una macana.

 

En el hospital preguntamos, sin darnos a conocer, cuál era el horario de visita. Nos informaron que recién a partir de las tres de la tarde se podía ver a los pacientes. Eso nos tranquilizó, era seguro que ninguna enfermera iba entrar a la habitación por un buen rato.

 

El viejo de la cama contigua a la puerta se aterró al vernos, aunque creo que no me reconoció. Sin dudar, Carlos sacó de su bolso una cinta para embalar y le tapó la boca. Con menos violencia, también le encintó las manos. “Esto es por tu bien”, le dijo, paternalista, en un intento por contener las primeras lágrimas del anciano.

 

Tras saludarnos, Martín, pidió que levantemos la cama: estaba molesto por tener la almohada tan baja. Le comentamos que veníamos de la cancha, que no habíamos podido entrar porque estaba lleno de gente de Platense, pero que teníamos una radio y queríamos escuchar el segundo tiempo con él. Carlos sacó el grabador y lo puso en el suelo para que Tincho no pudiera verlo. Después de levantar al máximo el volumen del aparato, alienado, empezó a cantar: “Y dale,  dale Calamar / ponga huevo y corazón / siempre te venimo´ a ver / hoy no podemo´ perder...”. Martín, quien ya tenía sobre su cabeza un gorrito marrón, lo acompañó desde la cama.

      “Bueno, basta que empieza”, dijo Marcelo cuando escuchó las primeras palabras del relator. Era insoportablemente malo. Lento, incapaz de transmitir ni un poco de emotividad y, para colmo, se notaba que no conocía a algunos de nuestros jugadores y ni que hablar los del rival: “Ahí tiene la pelota Argentinos, el rubio se la pasa al siete ...”. Era la peor transmisión que habíamos escuchado en nuestras vidas. Con Marcelo miramos a Carlos, quien levantando las cejas (como si tuviera el ancho de espadas) y mostrándonos las palmas de sus manos, nos dijo: “Es lo que hay, no jodan. Saben que esta radio trucha no agarra otra emisora”. Entendimos el mensaje: teníamos que calmarnos.

Platense apretaba contra su arco a Argentinos: el triunfo estaba al caer; sin embargo, para sorpresa de todos, a falta de 15 para el final, el grabador dejó escuchar: “Avanza con la pelota el número cinco de los bichos colorados, éste envía el esférico por elevación hacia la derecha del campo, recoge el balón el  rubio que juega de siete, gambetea a uno, tira el centro.... está... gol. Lamentablemente, tenemos un gol de Argentinos Juniors y el campeonato parece que no será de Platense”. Tincho estaba todo rojo y, de su frente, bajaban ríos de sudor; el viejo de la otra cama se había quedado dormido.

Busqué a Carlos con la mirada. No hizo falta que le diga nada, solo terminó de intranquilizarme; se acercó y me dijo al oído: “No me dio el tiempo para escucharlo, pero el tipo este no nos va a cagar, vamos a ganarlo”.

Ya no había que simular, los cuatro estábamos  nerviosos y sufríamos con el relato del partido; el miedo a que el tipo sea una basura y comente un triunfo de Argentinos nos había invadido. En esos momentos, vimos cómo Martín empezaba a padecer fuertes convulsiones. Carlos, desesperado, levantó el grabador y lo guardó dentro del bolso. Marcelo colocó la bandera de Tense sobre la cama de Tincho, que se seguía moviendo, pero con menor intensidad. Charly salió por la ventana y disparó al aire uno de esos cohetes que tiran tres tiros; dijo que lo hacía para llamar la atención de la gente y que los enfermeros no tardarían en llegar. Ni bien se escuchó el último estruendo, salimos disparados de la habitación 110. Pensé en sacarle la cinta adhesiva al pobre viejo, pero cuando me le acerqué, Marcelo me tironeó del brazo para que nos fuéramos.

 

Con paso acelerado, pero cuidándonos de no correr (para no despertar sospechas) nos fuimos alejando del lugar. Al rato, ya estábamos arriba del colectivo que nos llevó para la cancha. Viajamos en silencio y, en medio del trayecto, a Carlos se le dio por escuchar el final de la grabación. “Ganamos 5 a 1 con cuatro goles en los últimos cinco minutos, este relator es un fenómeno”, fue lo único que comentó, con una sonrisa que le invadía el rostro, al terminar la cinta.

En la cancha de Ferro, donde se jugaba el partido, las cosas fueron aún más sencillas que en el relato. En los primeros quince minutos, ya estábamos tres goles arriba y el campeonato era un hecho.

Recuerdo que festejamos durante toda la noche y Carlos, aunque ya pasaron unos meses del título, sigue encontrando motivos para justificar sus brindis.

A la mañana siguiente, el Clarín, en su sección deportiva, titulaba que Platense había salido campeón por primera vez en su historia. En el mismo diario, pero en la sección de policiales, se leía que en un confuso episodio, en el Hospital Álvarez del barrio de Flores, un anciano había muerto ahogado con su propio vómito.

 

Con el tiempo, nos enteramos de que Tincho tampoco había quedado bien después de la tarde en que salimos campeones. Según lo que me contó su hija, a Martín le había dado un ataque de presión, complicado por una embolia (o algo así) que le causó un ataque cerebral. Comentó que ya no podía comer por sus propios medios, que iba a quedarse para siempre en un hospital y que, según los médicos, ya no podía percibir nada de lo que pasaba a su  alrededor.

Cuando se lo comenté a Marcelo, lo noté muy apenado; lo angustiaba pensar que Martín no se había enterado de que salimos campeones. Yo lo tranquilicé, le expliqué ni más ni menos que la verdad: que, seguramente, esos médicos que dicen que el cerebro de mi amigo no puede percibir nada, sabrán mucho de medicina, pero nada de fútbol.

 

Será que no soy el único que cree que Martín todavía puede emocionarse con un gol de nuestro equipo. Justo ayer me llamó Carlos y me dijo que deberíamos ir a verlo al hospital. “Alberto, quedate tranquilo, yo ya tengo todo planeado; Tincho seguro que se pone contento si  llevamos una radio y le hacemos escuchar un partido de Platense”.


 

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