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Calmares
en su tinta
Por Pablo Lafourcade
Para
entender lo que le pasó a Tincho, hay que remontarse
unos cuantos meses atrás. Diría que casi un año,
cuando él comenzó con todos esos problemas en el bobo,
al mismo tiempo en que Tense empezaba a realizar la
mejor campaña de su historia.
Parecía
cosa de Mandinga: cuanto
mejor andaba Platense (entreverado en los
primeros lugares de la tabla), más complicaciones de
salud tenía Martín. ¡Como sufrió ese campeonato!; sólo
pudo ir a la cancha en los primeros cuatro o cinco
partidos, y él era de esos que son capaces de resignar
el cumpleaños de un hijo por seguir a su club.
Recuerdo
que como él ya tenía la prohibición médica de ver al
calamar, después de la cancha, siempre lo íbamos a
visitar con los muchachos para comentar el partido y
pellizcarnos entre nosotros, porque todavía no podíamos
creer semejante campañón. Nunca tuvimos la costumbre
de conversar mucho de temas que no atañen a la vida de
nuestro club, pero ese año fue inigualable: no se
hablaba de otra cosa que no sea Tense. Uno de los pibes,
Marcelo, llegó a ir al baño con la puerta abierta con
la excusa de que no quería perderse nada de lo que dijéramos.
Estábamos locos de contentos.
La
cosa fue que durante el partido que le ganamos a Boca en
Vicente López, alrededor de la fecha diez, a Tincho lo
tuvieron que internar. Su hija, Florencia, fue la que
nos contó la mala nueva;
dijo que se lo habían llevado porque tuvo un
ataque cuando nuestro número nueve estrelló un penal
en el palo. Visiblemente compungida,
se negó a decirnos en qué hospital estaba para
que no lo visitemos. Justificó la decisión de su madre
explicándonos que, según había dicho uno de los médicos,
Martín tenía que estar tranquilo: nada de emociones
fuertes, malasangre, ni partidos de Platense.
Sinceramente,
no le dimos mucha importancia a su advertencia. Nosotros
a Tincho lo íbamos a seguir viendo, cueste lo que
cueste. De Tense había que hablar y sabíamos que él,
desde su habitación, nos iba a estar esperando como
todos los domingos.
Hay
que reconocer que verlo se nos complicó más de lo
imaginado. El primer gran problema fue averiguar en qué
hospital, clínica o sanatorio lo tenían encerrado. Debíamos
actuar con rapidez: cada domingo que pasase era una
semana más que nuestro amigo transitaría solo,
ignorando la marcha del campeonato. Para ese entonces,
ya nos habíamos enterado de que no solamente le habían
prohibido tener una radio, sino que tampoco lo dejaban
leer los diarios y, la televisión la habían programado
para que sólo pudiese ver cinco canales: dos de cocina,
uno de dibujos animados y los restantes eran esos que
pasan todo el tiempo documentales de animales. Pese a
los cuatro caballos que teníamos como defensores
-quienes no desentonarían
en un
documental para alguno de los últimos dos canales- era
casi imposible que Martín tuviese noticias del calamar.
Al
cabo de unas semanas, Carlos lo encontró. Su mujer,
para que no lo veamos, lo había internado en la
habitación 110 del Hospital Álvarez, en Flores.
Para ese
entonces, producto de que se había jugado una fecha
entre semana, al campeonato le quedaban solamente tres
partidos y, todavía, aunque cada vez el equipo jugaba
peor, estábamos un punto por encima de River.
Gran
sorpresa nos llevamos cuando lo quisimos visitar. Al
anunciarnos, la enfermera nos dijo que teníamos la
entrada prohibida. Le explicamos que él nos estaba
esperando, que se iba a poner contento; también
probamos darle algo de guita y hasta Marcelo (el más
fachero de todos) intentó ablandarla proponiéndole ir
a tomar un café, pero no hubo caso y el personal de
seguridad nos invitó, “amablemente”, a retirarnos.
A
los dos días, volvimos. Nos apostamos en la confitería
que está enfrente del hospital, a la espera de que la
esposa de Martín abandone el lugar. A eso de las siete
de la tarde, la vimos descender los escalones blancos de
la entrada del nosocomio; la seguimos con la mirada
hasta que se perdió, al doblar por la esquina, en búsqueda
del 133 que la devolvió a Vicente López. Si queríamos
ver a Tincho, teníamos que actuar con premura. Entramos
al hospital y nos separamos. Carlos se adelantó y fue
hasta el pasillo que daba a la habitación 110; ahí
mismo empezó a retorcerse en el piso mientras se tomaba
la panza; la enfermera de turno no tardó en acompañarlo
hasta la guardia. Yo ya estaba con mi guardapolvo
blanco, transformado en el médico de cabecera de Martín.
Caminé junto con Marcelo hasta la puerta de la pieza de
Tincho; en el trayecto, nos cruzamos con Carlos, quien
vomitado colgaba del hombro de la enfermera. Dudé de
que estuviera actuando: el vómito no estaba planeado y,
hasta hacía un rato, habíamos brindado unas quince
veces, entusiasmados por la campaña de Tense. Cuando lo
dejamos atrás, me di vuelta para seguir mirándolo y
observé, cómplice, el guiño del ojo izquierdo de
Carlos: era un verdadero artista, nadie simulaba penales
tan bien en los picados y recordé que, más de una vez,
había hecho números de ese estilo, para salir antes de
su trabajo cuando había partido.
Abrí
la puerta como en cámara lenta, gozando de la situación.
Marcelo se quedó haciendo guardia del lado de afuera:
temíamos que aparezca algún médico inoportuno, lo que
hubiese provocado que terminemos todos en cana.
En
la habitación, había dos camas. Martín dormía en la
que estaba más cerca de la ventana; desde la otra, un
viejo me miraba con la certeza de que no me había visto
nunca; lo ignoré.
Con
unas palmadas, desperté a Tincho. Estaba todo entubado,
pero al verme sonrió y me apretó la mano con fuerza.
-
¿Cómo vamos? – fue lo primero que me dijo, sin darme
tiempo ni a decirle “hola”. – No nos caímos, ¿no?
– prosiguió, ahora con gesto serio.
-
Quedate tranquilo, ya casi está. Faltan tres partidos y
estamos arriba – preferí no decirle que River nos
seguía de cerca.
-
Esto es una cagada. No me dejan ni enterarme de los
resultados. Alberto, hermano, sacáme de acá. Yo quiero
ver a Tense campeón. – suplicó.
El viejo de
la cama de al lado escuchaba, incrédulo, nuestro diálogo.
-
Mirá, está jodida la mano, no saben que vinimos a verte;
estoy con Charly y Marcelo, pero todos no podemos
entrar. Igual te trajimos algo para que estés más
tranquilo. – saqué de mi bolsillo una pequeña radio
y la puse sobre su mano.
-
Gracias. – a Tincho le brillaban los ojos.
Entre tanta
felicidad, vi que el viejo había aprovechado mi
descuido para agarrar el teléfono. Salté de la
cama de Martín y, violentamente, le arranqué el tubo
de la mano.
-
¿Qué hacés?, estás loquito. – era claro que el viejo
había llamado a la enfermera.
-
Ya viene para acá – me dijo desafiante, confiado de que
no iba a golpearlo.
Instintivamente,
extendí mi mano derecha, apuntándolo con el índice y,
sin moverme de mi lugar, lo amenacé con un gesto. Noté
que el viejo se fue poniendo pálido y, desde la puerta,
saludé a Martín.
Salí
del cuarto y nos fuimos volando. Veinte minutos más
tarde, ya estábamos en el bar con Carlos, quien seguía
medio grogui a causa de unos calmantes que le habían
inyectado.
Después
de esa tarde, recién nos vimos el domingo siguiente, en
la popular visitante de la cancha de Vélez. Ya para ese
entonces, era complicado conseguir una entrada, aunque
nosotros nos la rebuscábamos. Nos ganaron uno a cero
sobre la hora, pero como las gallinas también habían
perdido, la caída dolió menos.
En
la semana, nos enteramos de que Tincho había salvado su
vida por milagro, luego de que tuviera otro infarto tras
la derrota agónica que casi nos arrebata la punta. Su
esposa vino especialmente a mi casa. “Por este
aparatito casi matan mi marido!”, fue lo único que
dijo antes de revolearme la radio por la cabeza.
Llamé
a los muchachos para contarles lo que había pasado y
decidimos vernos esa misma tarde en la sede del club.
-
La verdad es que lo de Martín fue una cagada. – empezó
Marcelo
-
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver. Lo menos que
podíamos hacer era darle la radio para que escuche el
partido: tenerlo aislado es inhumano. -
siguió Carlos, con esa falta de autocrítica que
siempre lo caracterizó.
-
No podés decir eso, esta vez nos fuimos al carajo. Pobre
Tincho. – a Marcelo lo carcomía la culpa.
-
La cosa es que ahora se quedó solo: perdió la radio.
Tenemos que hacer algo para que pueda escuchar, por lo
menos, el último partido de Tense. – a Carlos parecía
que nada iba a detenerlo en su afán por informar a su
amigo.
-
Bueno, por ahora, mejor no hagamos más planes y dejemos a
Martín en paz – intenté mediar entre el malestar de
Marcelo y la excitación de Carlos. Nuestro fracaso era
demasiado reciente como para comenzar a idear otra forma
de acercarnos a Tincho.
El
mozo trajo el café de Marcelo y la ginebra que compartí
con Charly; él, como todo alcohólico, siempre
encontraba un buen motivo para brindar. “Tincho sigue
vivo y Platense en la punta.”
Por
la anteúltima fecha, Platense ya había derrotado a
Estudiantes, con inusual tranquilidad; River también
había ganado. Sólo restaba esperar una semana y
noventa minutos para saber si
salíamos campeones por primera vez.
Claro
que no iba a ser sencillo, como nada lo fue jamás para
el calamar. El rival del último partido del campeonato
era justamente nuestro eterno clásico, Argentinos
Juniors y, para colmo, de visitantes.
Esa
semana, -casi diría que durante esos seis meses que duró
el campeonato- ningún fana del marrón pudo conciliar
el sueño. Por eso, a todos los que vi en ese tiempo con
cara de dormidos, los consideré hinchas de Platense y
la verdad que caminar a la mañana y cruzarme dos o tres
calamares por cuadra me llenaba de orgullo.
Nosotros
ya teníamos nuestras entradas. Marcelo, como andaba sin
laburo, fue quien se encargó de hacer la cola, desde la
madrugada, para conseguirlas. Esa misma noche, por
iniciativa de Carlos, nos juntamos en la sede para
festejar la compra. Entre copas, estuvimos durante dos
horas conjeturando sobre si era mejor jugar con dos
cincos para contener la subida de los laterales o si lo
realmente conveniente era salir con un tipo con más
manejo y pegada como el Mago Scorceli. No nos habíamos
olvidado de Tincho, pero estábamos resignados a no
verlo hasta después del partido.
-
¡Ya está!, tengo la solución para ayudar a Martín –
Carlos, con los codos apoyados sobre la mesa, volvía a
insistir con nuestro amigo enfermo.
-
¿Qué pensás? – contestó Marcelo, extrañamente
entusiasmado por escucharlo.
-
Es muy fácil: si en caso de que perdamos a Tito le puede
dar otro ataque al bobo; entonces, tenemos que hacer que
Platense salga campeón.
Con
Marcelo, lo miramos con un dejo de temor. Para Carlos,
“hacer que Platense salga campeón”, podía implicar
secuestros y extorsiones y nosotros no queríamos líos
con la policía; sin embargo, lo dejamos continuar con
la explicación.
-
Digo, hacerle creer a Tincho que Platense salió campeón
– aclaró a medias.
-
Explicáte un poco mejor – demandé con tono sobrador.
-
La cosa es así: llevamos un relato trucho del partido
contra Argentinos y se lo hacemos escuchar Martín.
-
¿En el hospital? – consultó Marcelo alarmado.
-
No, si lo vamos a hacer en el Obelisco... Obviamente que en
el hospital; por desgracia, no lo podemos sacar de ahí
– Charly levantó su brazo derecho para llamar la
atención del mozo.
-
Pero nosotros ya tenemos las entradas; ¿te pensás perder
el partido? – pregunté desconcertado.
-
Por supuesto que no. Si el relato es grabado y Tincho no
escucha la radio desde hace dos semanas, qué necesidad
hay de que se lo hagamos escuchar a la misma hora. Te
diría más, qué necesidad hay de que le pasemos el
relato el mismo día del partido. – Carlos parecía
tener todo estudiado, aunque nos aseguró que la idea se
le había ocurrido minutos atrás.
-
Mirá Carlos, lo que decís está piola, pero es un
quilombo: primero tenemos que tener el relato, después
tenemos que entrar a ver a Tincho y… ¿pensaste qué
puede pasar si nosotros le hacemos creer que salimos
campeones y después perdemos contra Argentinos?. Nos va
a querer matar. – los de Marcelo eran los últimos
interrogantes que Carlos debía responder.
-
Muy fácil. De conseguir el relato me encargo yo: se lo voy
a pedir a uno de los tipos que sigue la campaña de
Tense; él me debe muchos favores y no me va a hacer
problema. Además, voy a decirle que relate sólo el
segundo tiempo, total a Tincho le decimos que llegamos
tarde porque hicimos un último intento en el estadio
por conseguir entradas. A la habitación, entramos por
la fuerza, yo también me voy a encargar de eso.
-
¿Y qué pasa si después no salimos campeones? – insistió
Marcelo.
-
Si Platense finalmente sale campeón, la alegría de Tincho
va a ser la misma, pero vivirá la fiesta con nosotros;
y si perdemos – Carlos se llevó la mano derecha hacia
su testículo izquierdo y lo apretó con cuidado –
cuando Tincho se entere, por lo menos con nosotros no se
va a calentar, porque le quisimos dar un alegrón. –
al acercarse el mozo, Charly le pidió otra ginebra.
No
nos quedó muy en claro la parte del plan de Carlos que
contemplaba la entrada por la fuerza a la habitación
110, aunque no sé si habrá sido por la ingesta de
alcohol o porque la idea realmente sonaba realizable,
que decidimos juntarnos a las 12, el mismo domingo del
partido, para darle la alegría a Martín.
Llegué
un rato antes, a eso de las 11:30, y ni bien me divisó
al doblar por la esquina, Carlos, sentado desde la mesa
que da al ventanal del bar, alzó una copa de cerveza. A
los diez minutos, ya estábamos los tres. Marcelo había
venido con la remera, el gorro y la bandera haciendo
juego. Carlos traía un bolso, pero se negó a revelar
su contenido: “Ya se van a enterar”, dijo al tiempo
en que sonreía como un chico antes de hacer una macana.
En
el hospital preguntamos, sin darnos a conocer, cuál era
el horario de visita. Nos informaron que recién a
partir de las tres de la tarde se podía ver a los
pacientes. Eso nos tranquilizó, era seguro que ninguna
enfermera iba entrar a la habitación por un buen rato.
El
viejo de la cama contigua a la puerta se aterró al
vernos, aunque creo que no me reconoció. Sin dudar,
Carlos sacó de su bolso una cinta para embalar y le tapó
la boca. Con menos violencia, también le encintó las
manos. “Esto es por tu bien”, le dijo, paternalista,
en un intento por contener las primeras lágrimas del
anciano.
Tras
saludarnos, Martín, pidió que levantemos la cama:
estaba molesto por tener la almohada tan baja. Le
comentamos que veníamos de la cancha, que no habíamos
podido entrar porque estaba lleno de gente de Platense,
pero que teníamos una radio y queríamos escuchar el
segundo tiempo con él. Carlos sacó el grabador y lo
puso en el suelo para que Tincho no pudiera verlo. Después
de levantar al máximo el volumen del aparato, alienado,
empezó a cantar: “Y dale,
dale Calamar / ponga huevo y corazón / siempre
te venimo´ a ver / hoy no podemo´ perder...”. Martín,
quien ya tenía sobre su cabeza un gorrito marrón, lo
acompañó desde la cama.
“Bueno,
basta que empieza”, dijo Marcelo cuando escuchó las
primeras palabras del relator. Era insoportablemente
malo. Lento, incapaz de transmitir ni un poco de
emotividad y, para colmo, se notaba que no conocía a
algunos de nuestros jugadores y ni que hablar los del
rival: “Ahí tiene la pelota Argentinos, el rubio se
la pasa al siete ...”. Era la peor transmisión que
habíamos escuchado en nuestras vidas. Con Marcelo
miramos a Carlos, quien levantando las cejas (como si
tuviera el ancho de espadas) y mostrándonos las palmas
de sus manos, nos dijo: “Es lo que hay, no jodan.
Saben que esta radio trucha no agarra otra emisora”.
Entendimos el mensaje: teníamos que calmarnos.
Platense
apretaba contra su arco a Argentinos: el triunfo estaba
al caer; sin embargo, para sorpresa de todos, a falta de
15 para el final, el grabador dejó escuchar: “Avanza
con la pelota el número cinco de los bichos colorados,
éste envía el esférico por elevación hacia la
derecha del campo, recoge el balón el rubio
que juega de siete, gambetea a uno, tira el centro....
está... gol. Lamentablemente, tenemos un gol de
Argentinos Juniors y el campeonato parece que no será
de Platense”. Tincho estaba todo rojo y, de su frente,
bajaban ríos de sudor; el viejo de la otra cama se había
quedado dormido.
Busqué
a Carlos con la mirada. No hizo falta que le diga nada,
solo terminó de intranquilizarme; se acercó y me dijo
al oído: “No me dio el tiempo para escucharlo, pero
el tipo este no nos va a cagar, vamos a ganarlo”.
Ya
no había que simular, los cuatro estábamos
nerviosos y sufríamos con el relato del partido;
el miedo a que el tipo sea una basura y comente un
triunfo de Argentinos nos había invadido. En esos
momentos, vimos cómo Martín empezaba a padecer fuertes
convulsiones. Carlos, desesperado, levantó el grabador
y lo guardó dentro del bolso. Marcelo colocó la
bandera de Tense sobre la cama de Tincho, que se seguía
moviendo, pero con menor intensidad. Charly salió por
la ventana y disparó al aire uno de esos cohetes que
tiran tres tiros; dijo que lo hacía para llamar la
atención de la gente y que los enfermeros no tardarían
en llegar. Ni bien se escuchó el último estruendo,
salimos disparados de la habitación 110. Pensé en
sacarle la cinta adhesiva al pobre viejo, pero cuando me
le acerqué, Marcelo me tironeó del brazo para que nos
fuéramos.
Con
paso acelerado, pero cuidándonos de no correr (para no
despertar sospechas) nos fuimos alejando del lugar. Al
rato, ya estábamos arriba del colectivo que nos llevó
para la cancha. Viajamos en silencio y, en medio del
trayecto, a Carlos se le dio por escuchar el final de la
grabación. “Ganamos 5 a 1 con cuatro goles en los últimos
cinco minutos, este relator es un fenómeno”, fue lo
único que comentó, con una sonrisa que le invadía el
rostro, al terminar la cinta.
En
la cancha de Ferro, donde se jugaba el partido, las
cosas fueron aún más sencillas que en el relato. En
los primeros quince minutos, ya estábamos tres goles
arriba y el campeonato era un hecho.
Recuerdo
que festejamos durante toda la noche y Carlos, aunque ya
pasaron unos meses del título, sigue encontrando
motivos para justificar sus brindis.
A
la mañana siguiente, el Clarín, en su sección
deportiva, titulaba que Platense había salido campeón
por primera vez en su historia. En el mismo diario, pero
en la sección de policiales, se leía que en un confuso
episodio, en el Hospital Álvarez del barrio de Flores,
un anciano había muerto ahogado con su propio vómito.
Con
el tiempo, nos enteramos de que Tincho tampoco había
quedado bien después de la tarde en que salimos
campeones. Según lo que me contó su hija, a Martín le
había dado un ataque de presión, complicado por una
embolia (o algo así) que le causó un ataque cerebral.
Comentó que ya no podía comer por sus propios medios,
que iba a quedarse para siempre en un hospital y que,
según los médicos, ya no podía percibir nada de lo
que pasaba a su alrededor.
Cuando
se lo comenté a Marcelo, lo noté muy apenado; lo
angustiaba pensar que Martín no se había enterado de
que salimos campeones. Yo lo tranquilicé, le expliqué
ni más ni menos que la verdad: que, seguramente, esos médicos
que dicen que el cerebro de mi amigo no puede percibir
nada, sabrán mucho de medicina, pero nada de fútbol.
Será
que no soy el único que cree que Martín todavía puede
emocionarse con un gol de nuestro equipo. Justo ayer me
llamó Carlos y me dijo que deberíamos ir a verlo al
hospital. “Alberto, quedate tranquilo, yo ya tengo
todo planeado; Tincho seguro que se pone contento si
llevamos una radio y le hacemos escuchar un
partido de Platense”.
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