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Carta
para Tito
Por Pablo Lafourcade
Mire,
yo le voy a contar la verdad. Para comenzar, debo
decirle que yo soy un tipo muy tranquilo, calladito, diría
que hasta reacio a exhibir mis sentimientos. Incluso,
muchas veces, pasé inadvertido en las comidas con los
muchachos de la barra. En varias ocasiones, llegaban a
preguntarse si esa noche no iba a ir a la reunión, y yo
estaba ahí, a unos metritos, pero siempre sin soltar
prenda, en un rincón. Me gustaba más observarlos
conversar que participar, con ellos, del diálogo; me
reservaba, generalmente, la palabra final, la moraleja.
Acá
en el barrio puede hablar con cualquiera que todos le
van a decir que el Tito es un tipo de bien, reservado,
un laburante, que vive sólo con su viejita y que jamás,
hasta ese día trágico, había tenido problemas con
nadie.
Nunca
me gustó demasiado la noche, no soy de joder, ni de
tomar. Las pocas veces
en mi vida que me agarré a trompadas fueron
siempre en defensa de algún amigo que la estaba pasando
mal. Permito que me digan casi cualquier cosa, pero para
ese entonces, yo ya había decidido no tolerar que me
sigan haciendo fama de homosexual. Soporté innumerables
bromas referidas al tema y que me pusieran carita cuando
algún tipo fachero andaba dando vueltas, pero con la
invitación a esa fiesta de mariconcitos se pasaron de
la raya.
Solamente
una vez, me consultó la vieja sobre mis inclinaciones
sexuales y nunca más volvimos a hablar del tema, aunque
su trato para conmigo cambió desde esa tarde. Recuerdo
que había llegado del trabajo y ella estaba tomando un
tecito en la mesa del comedor. Noté que su expresión
no era la de siempre: la sonrisa que todas las tardes se
le dibujaba, en su carita arrugada, cuando me veía
volver a casa, se había ausentado sin previo aviso. Al
tiempo que le pregunté si le pasaba algo, sacó de la
silla que tenía a su lado un lápiz labial, un
delineador de ojos y dos pares de medias de lycra
agujereadas. Apoyó todo con mucha delicadeza sobre la
mesa y con llamativa tranquilidad, pausada -y sin dejar
de tomar su tecito- me miró a los ojos y dijo: “Vos
me saliste puto, ¿no?”. Claro que no esperaba una
acusación tan directa, sin medias tintas, por eso tardé
unos segundos en poder balbucear alguna palabra. La
vieja, con sólo ver mi reacción, se sintió por
contestada. Se levantó de la silla y, tomada del marco
de la puerta del comedor, me gritó: “Yo ya tenía mis
dudas, tu padre se estará revolcando en su tumba”.
Sospecho que la viejita no pudo soportar encontrar esas
medias, más que por ella, por lo que hubiese sentido mi
viejo en esa situación.
Papá
había muerto, meses atrás, afectado por una enfermedad
terminal que lo fue matando de poco, aunque creo que la
sola sospecha de tener un hijo homosexual lo hubiese
destruido de una manera más brutal y dolorosa que ese
insoportable cáncer de huesos.
Desde
el día en que mamita halló esas cositas en mi cuarto,
pasaron sólo un par de semanas hasta que el Negro Ortiz
me mandó la carta. Para ese entonces, hacía como seis
meses que nos habían cortado el teléfono por falta de
pago, a duras penas si podíamos mantener la luz y el
gas.
La
tarde que llegó el sobre había vuelto a casa más
temprano que de costumbre. Quedaban todavía algunas
cobranzas por realizar, pero como el cielo amenazaba con
venirse abajo y no tenía paraguas, decidí dejarlas
para el día siguiente. Recuerdo que, si bien la vuelta
la hice caminando a un buen ritmo, presuroso, me causaba
placer transitar por esas calles. Siempre me gustó ver
a la gente apurarse para llegar a sus hogares cuando
comienzan a escucharse los primeros truenos y aún no
cae la lluvia: van preocupados con rostros serios como
si la lluvia no fuera de agua sino de ácido. Además,
era otoño y en esa época del año, se agrega, a todo
ese espectáculo visual, el bailotear de las hojas
secas, arremolinadas, cómplices del viento.
Justo
cuando abrí la puerta comencé a oír el ruido de las
primeras gotas sobre los techos y el pavimento. Llegué
a casa totalmente seco, eso me llamó la atención y me
brindó una incompresible sensación de alegria.
Ya
hacía un tiempo que la viejita no se quedaba despierta
para saludarme. Fui hasta su cuarto y
estaba en su cama totalmente planchada, tuve la
seguridad de que dormía plácidamente.
Al
pasar por la habitación que hacía las veces de
comedor, vi la carta. Estaba en el suelo, abierta, hecha
un bollito, al lado de la mesa que está cerquita de la
tele. Seguramente, la vieja la había abierto entre una
tanda publicitaria de la novela de las siete.
Sé
que es una mala costumbre eso de abrirme las cartas, de
levantarme el teléfono para saber con quién hablo y de
escuchar atrás de la puerta cuando estoy con alguien en
la vereda, pero la verdad es que son mañas de vieja
que, a esta altura del partido, no va cambiar. Será que
no tiene marido a quien vigilar y por eso se la agarró
conmigo.
Buenos Aires, 23 de mayo
Querido
Tito:
¡No te imaginás cómo se te extraña!. ¿Cuánto
hace que no tenemos noticias tuyas? Ya vamos casi para
dos meses. Vos siempre poco afecto a tomar la pluma o
hacer un simple llamadito telefónico.
Mejor
dejo las críticas para otro momento y voy directamente
al grano, no me olvido que a vos tampoco te gusta leer.
Me
motivó a escribirte el hecho que estamos organizando,
para vernos nuevamente, un encuentro el próximo fin de
semana. Sé -porque me encontré el otro día con
Sandrito y me contó-
que en tu casa las cosas no vienen bien, que
andan cortos de dinero, pero por un par de horas que
salgas a divertirte no va a pasar nada.
Nosotros ya somos cuatro: Tucho, ¿te acordás
del Tucho?, hace mil que no lo vez; el rubiecito, que se
peinaba para atrás y que andaba siempre de punta en
blanco; Pablito, el Gaita y obviamente quien te escribe.
Con vos estaríamos justos, por eso te pido que hagas un
esfuerzo y que
te comuniques conmigo o con alguno de los muchachos para
saber si te contamos o no para el domingo a la noche.
Decidí
invitarte porque sé que sos un tipo con agallas, de
buenas piernas, pero sobre todo con mucho, pero mucho
huevo. Uno de los compañeros que siempre quiero a mi
lado, tu presencia siempre me llena de seguridad... Será
tranquilizador dar vuelta la cara y ver que estás ahí,
sudoroso, bravío y con ganas de darme una mano. Eso es
lo que necesitamos, alguien que dé una mano, un tipo
generoso, sacrificado, que ponga por lo que no ponen los
otros muchachos, y esto último lo digo sobre todo por
el Gaita, que ése sí que es
un comilón con todas las letras. Claro que de
vez en cuando la emboca, pero no se justifica semejante
despilfarro.
Te cuento que los otros cinco muchachos ya están
confirmados. Antes de escribirte, me tomé la molestia
de averiguar si ya estaban todos, no sea cosa que te
invite y que después se termine haciendo nada. Nunca me
gustó ilusionar a la gente al pedo. Hoy hablé con un
amigo mío del laburo y me confirmó que estaba todo
arreglado: hasta se van a encargar de reservar el lugar.
Antes de terminar con estas pocas líneas, quiero
agregar algo más: sentiría que te traiciono si me lo
callo. La mano viene muy, pero muy jodida. A mí me
llegaron comentarios, por el boca a boca de la oficina,
¿viste?, que los otros son animales. Esto que te voy a
decir no se lo dije a los otros muchachos, porque sé
que son de arrugue fácil y podrían desistir de la idea
de ir, pero con vos la cosa es distinta, sé que tenés
aguante y qué pensás que cuanto más grande sea el
desafío, mejor es. Te soy sincero, yo creo que el
domingo perdemos el invicto.
Bueno,
te mando un abrazo afectuoso. No olvides responderme.
Tu
amigo, el Negro Ortiz
PD:
Nos encontramos en mi casa
a eso de las 8, así después vamos todos juntos
para allá.
Claro
que respondí la carta. Esa misma noche fui hasta un teléfono
y le dije a Ortiz que me cuenten para el domingo. Pese a
que lo sentí muy animado con mi llamado, hablamos muy
poco y quedamos en vernos el domingo a la noche en su
casa.
Llegué
antes de tiempo, a las 19:30 le toqué timbre al Negro.
Al abrirme noté su cara de sorpresa: “No vas a venir
así, ¿no?.”, me dijo antes que un “hola” o un
“¿cómo andás”. La verdad es que no le di
demasiada importancia a sus palabras, aunque un poco me
incomodaron. No sé si esperaba que llegue en pollera o
con los labios pintados de rojo; de todas maneras, no
iba a hacerme perder el control y yo con mis jeans y mi
camisita estaba perfecto.
Servicial,
me ofreció un vaso de jugo de naranja. Me negué
inventando que andaba mal del estómago y, con la
cordialidad que siempre lo caracterizó, Ortiz me preparó
un tecito con limón. Al verlo venir con cara complacida
y la taza en sus manos, miré el reloj: eran las 19:45;
faltaban sólo 15 minutos para que lleguen los otros
muchachos. Cuando se sentó plácidamente frente a mi,
decidido, metí la mano derecha en el bolsillo interior
de mi campera y saqué la pistola. Una magnum 42 que había
comprado en el mercado negro tiempo atrás, para cuidar
la casa ante la creciente ola de asaltos que asediaba a
nuestro barrio.
Creo
que nunca vi, en toda un vida, a alguien tan asustando
como ese tipo. Cuando lo apunté, al Negro el apodo le
quedó más ridículo que nunca. Se puso blanco como
nieve, hasta sus labios perdieron el color natural. Me
invadió una sensación de miedo: pensé que podía
desmayarse y eso me complicaría las cosas, antes quería
hablar con él.
-
¿Qué
te pasa Tito?. No me gustan este tipo de jodas. Hacéme
el favor de guardar el fierro, dale. – dijo
tartamudeando, sin moverse, paralizado por la situación.
-
Mirá
vos Ortiz, a vos no te gustan estas jodas. A mí tampoco
me gustan muchas de las cosas que ustedes me hacen –
le contesté sin dejar de apuntarle al pecho.
-
¿Ustedes?.
¿De qué hablás, Tito?.
-
No
te hagas el boludo, querés, no te hagas el boludo.
Ustedes los de la barra, siempre me joden y me acusan
sin motivos de ser homosexual. – recuerdo que yo también
me había puesto nervioso y no podía mantener la
pistola derecha; me temblaban las manos-. Con lo de la
carta te fuiste al carajo – continué –. Seguro que
fue idea tuya, que sos el más turrito de todos. Hasta
mi vieja la leyó.
-
¡¿Cuál
es el problema si la leyó tu vieja?!. Era una simple
invitación. – se lo notaba más tranquilo y
lentamente recuperaba su color.
-
Hijo
de puta, no te hagas el boludo. Una simple invitación.
¡Una invitación a que te rompan el orto es para vos
una simple invitación! – creo que yo ya estaba
gritando.
-
Te
dije que es difícil. Los otros juegan lindo y, además,
se conocen desde hace mucho tiempo; siempre juegan
juntos. – el Negro otra vez estaba blanco.
-
¿Juegan
lindo? ¿Qué me querés decir con eso? – interrogué
desconcertado.
-
Que
creo que están un par de goles arriba nuestro. Además
es una cancha de césped sintético, de esas en las que
te caés y te levantás con todas las rodillas peladas.
Nosotros, Tito, estamos acostumbrados a jugar en las de
cemento. Eso es otra cosa, te agarrás mejor, no están
llenas de arena.
-
Vos
me invitaste a una fiesta gay. No me hablaste de ningún
partido, no me cambiés las cosas. Cagón, ahora no lo
reconocés porque tengo el chumbo. Seguro que te habrás
cagado de risa con los de la barra. “El trolo estará
loco de contento”, habrán comentado. Sí, mirá que
contento que estoy que te vengo a cagar a tiros. – debí finalizar mis palabras cuando vi que Ortiz empezaba a
llorar como un mariconcito.
Su
llanto me puso aún más nervioso, de peor humor. Era
consciente de que debía terminar con todo eso rápido.
“Boludo, ¡leéla de nuevo!” fue lo último que le
escuché decir. Expeditivo, de un balazo le reventé el
pecho. Por el impacto, cayó para atrás con silla y
todo. Su cabeza, al golpear contra los azulejos
amarillos del piso, provocó un estruendo duro y seco.
Faltaban cinco minutos para las ocho y salí presuroso
para no cruzarme con los otros de la barra. Dejé todo
como estaba, al cuerpo no lo toqué. Abrí la puerta con
un guante, había tenido la delicadeza de no tocar nada
con mis manos en los 25 minutos que estuve ahí dentro,
ni la taza del tecito.
Cuando
cruzaba la calle, vi que por la mano de enfrente, sobre
la manzana de la casa del Negro, doblaban por la esquina
Tucho, Pablito y el Gaita. Iban caminando rápido, era
un trote disimulado; reían, quizás por la carta que me
había escrito Ortiz. Dudé en ir a matarlos a ellos
también, pero debo reconocer que cuando distinguí que
el Gaita llevaba en su mano una pelota de papi, una
insoportable sensación de culpa comenzó a invadirme el
pecho.
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