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Pagina Oficial del Pepín Deportivo
En esta sección les contaremos como nació nuestro equipo, y cuales fueron nuestras hazañas...

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1.
Viernes a la noche

2.
Respuesta a Viernes a la noche

3.
Ocaso

4.
Volveré y seré millones

5.
Ave Fenix

6.
Fútbol y Amigos

7.
La esposa ideal

8.
Cambalache

9.
Las Mudas

10.
Alma de Baldío

11.
Al Gran Pepe

12.
Herencia Gaucha

13.
¿El pastor tiene otro nieto?

14.
Amor al fútbol


Cuentos

1.
El sueño de Pique Corto

2.
El Que Escondió la Pelota

3.
Un poco de Cultura

Carta para Tito
Por Pablo Lafourcade

Mire, yo le voy a contar la verdad. Para comenzar, debo decirle que yo soy un tipo muy tranquilo, calladito, diría que hasta reacio a exhibir mis sentimientos. Incluso, muchas veces, pasé inadvertido en las comidas con los muchachos de la barra. En varias ocasiones, llegaban a preguntarse si esa noche no iba a ir a la reunión, y yo estaba ahí, a unos metritos, pero siempre sin soltar prenda, en un rincón. Me gustaba más observarlos conversar que participar, con ellos, del diálogo; me reservaba, generalmente, la palabra final, la moraleja.

Acá en el barrio puede hablar con cualquiera que todos le van a decir que el Tito es un tipo de bien, reservado, un laburante, que vive sólo con su viejita y que jamás, hasta ese día trágico, había tenido problemas con nadie.

Nunca me gustó demasiado la noche, no soy de joder, ni de tomar. Las pocas veces  en mi vida que me agarré a trompadas fueron siempre en defensa de algún amigo que la estaba pasando mal. Permito que me digan casi cualquier cosa, pero para ese entonces, yo ya había decidido no tolerar que me sigan haciendo fama de homosexual. Soporté innumerables bromas referidas al tema y que me pusieran carita cuando algún tipo fachero andaba dando vueltas, pero con la invitación a esa fiesta de mariconcitos se pasaron de la raya.

Solamente una vez, me consultó la vieja sobre mis inclinaciones sexuales y nunca más volvimos a hablar del tema, aunque su trato para conmigo cambió desde esa tarde. Recuerdo que había llegado del trabajo y ella estaba tomando un tecito en la mesa del comedor. Noté que su expresión no era la de siempre: la sonrisa que todas las tardes se le dibujaba, en su carita arrugada, cuando me veía volver a casa, se había ausentado sin previo aviso. Al tiempo que le pregunté si le pasaba algo, sacó de la silla que tenía a su lado un lápiz labial, un delineador de ojos y dos pares de medias de lycra agujereadas. Apoyó todo con mucha delicadeza sobre la mesa y con llamativa tranquilidad, pausada -y sin dejar de tomar su tecito- me miró a los ojos y dijo: “Vos me saliste puto, ¿no?”. Claro que no esperaba una acusación tan directa, sin medias tintas, por eso tardé unos segundos en poder balbucear alguna palabra. La vieja, con sólo ver mi reacción, se sintió por contestada. Se levantó de la silla y, tomada del marco de la puerta del comedor, me gritó: “Yo ya tenía mis dudas, tu padre se estará revolcando en su tumba”. Sospecho que la viejita no pudo soportar encontrar esas medias, más que por ella, por lo que hubiese sentido mi viejo en esa situación.

Papá había muerto, meses atrás, afectado por una enfermedad terminal que lo fue matando de poco, aunque creo que la sola sospecha de tener un hijo homosexual lo hubiese destruido de una manera más brutal y dolorosa que ese insoportable cáncer de huesos.

Desde el día en que mamita halló esas cositas en mi cuarto, pasaron sólo un par de semanas hasta que el Negro Ortiz me mandó la carta. Para ese entonces, hacía como seis meses que nos habían cortado el teléfono por falta de pago, a duras penas si podíamos mantener la luz y el gas.

La tarde que llegó el sobre había vuelto a casa más temprano que de costumbre. Quedaban todavía algunas cobranzas por realizar, pero como el cielo amenazaba con venirse abajo y no tenía paraguas, decidí dejarlas para el día siguiente. Recuerdo que, si bien la vuelta la hice caminando a un buen ritmo, presuroso, me causaba placer transitar por esas calles. Siempre me gustó ver a la gente apurarse para llegar a sus hogares cuando comienzan a escucharse los primeros truenos y aún no cae la lluvia: van preocupados con rostros serios como si la lluvia no fuera de agua sino de ácido. Además, era otoño y en esa época del año, se agrega, a todo ese espectáculo visual, el bailotear de las hojas secas, arremolinadas, cómplices del viento.

Justo cuando abrí la puerta comencé a oír el ruido de las primeras gotas sobre los techos y el pavimento. Llegué a casa totalmente seco, eso me llamó la atención y me brindó una incompresible sensación de alegria.

Ya hacía un tiempo que la viejita no se quedaba despierta para saludarme. Fui hasta su cuarto y  estaba en su cama totalmente planchada, tuve la seguridad de que dormía plácidamente.

Al pasar por la habitación que hacía las veces de comedor, vi la carta. Estaba en el suelo, abierta, hecha un bollito, al lado de la mesa que está cerquita de la tele. Seguramente, la vieja la había abierto entre una tanda publicitaria de la novela de las siete.

Sé que es una mala costumbre eso de abrirme las cartas, de levantarme el teléfono para saber con quién hablo y de escuchar atrás de la puerta cuando estoy con alguien en la vereda, pero la verdad es que son mañas de vieja que, a esta altura del partido, no va cambiar. Será que no tiene marido a quien vigilar y por eso se la agarró conmigo.

 

 

                                                                  Buenos Aires, 23 de mayo

 

Querido Tito:

                  ¡No te imaginás cómo se te extraña!. ¿Cuánto hace que no tenemos noticias tuyas? Ya vamos casi para dos meses. Vos siempre poco afecto a tomar la pluma o hacer un simple llamadito telefónico.

Mejor dejo las críticas para otro momento y voy directamente al grano, no me olvido que a vos tampoco te gusta leer.

Me motivó a escribirte el hecho que estamos organizando, para vernos nuevamente, un encuentro el próximo fin de semana. Sé -porque me encontré el otro día con Sandrito y me contó-  que en tu casa las cosas no vienen bien, que andan cortos de dinero, pero por un par de horas que salgas a divertirte no va a pasar nada.

         Nosotros ya somos cuatro: Tucho, ¿te acordás del Tucho?, hace mil que no lo vez; el rubiecito, que se peinaba para atrás y que andaba siempre de punta en blanco; Pablito, el Gaita y obviamente quien te escribe. Con vos estaríamos justos, por eso te pido que hagas un esfuerzo y  que te comuniques conmigo o con alguno de los muchachos para saber si te contamos o no para el domingo a la noche.

Decidí invitarte porque sé que sos un tipo con agallas, de buenas piernas, pero sobre todo con mucho, pero mucho huevo. Uno de los compañeros que siempre quiero a mi lado, tu presencia siempre me llena de seguridad... Será tranquilizador dar vuelta la cara y ver que estás ahí, sudoroso, bravío y con ganas de darme una mano. Eso es lo que necesitamos, alguien que dé una mano, un tipo generoso, sacrificado, que ponga por lo que no ponen los otros muchachos, y esto último lo digo sobre todo por el Gaita, que ése sí que es  un comilón con todas las letras. Claro que de vez en cuando la emboca, pero no se justifica semejante despilfarro.

                  Te cuento que los otros cinco muchachos ya están confirmados. Antes de escribirte, me tomé la molestia de averiguar si ya estaban todos, no sea cosa que te invite y que después se termine haciendo nada. Nunca me gustó ilusionar a la gente al pedo. Hoy hablé con un amigo mío del laburo y me confirmó que estaba todo arreglado: hasta se van a encargar de reservar el lugar.

                  Antes de terminar con estas pocas líneas, quiero agregar algo más: sentiría que te traiciono si me lo callo. La mano viene muy, pero muy jodida. A mí me llegaron comentarios, por el boca a boca de la oficina, ¿viste?, que los otros son animales. Esto que te voy a decir no se lo dije a los otros muchachos, porque sé que son de arrugue fácil y podrían desistir de la idea de ir, pero con vos la cosa es distinta, sé que tenés aguante y qué pensás que cuanto más grande sea el desafío, mejor es. Te soy sincero, yo creo que el domingo perdemos el invicto.

 

Bueno, te mando un abrazo afectuoso. No olvides responderme.

 

Tu amigo, el Negro Ortiz

 

PD: Nos encontramos en mi casa  a eso de las 8, así después vamos todos juntos para allá.

 

 

Claro que respondí la carta. Esa misma noche fui hasta un teléfono y le dije a Ortiz que me cuenten para el domingo. Pese a que lo sentí muy animado con mi llamado, hablamos muy poco y quedamos en vernos el domingo a la noche en su casa.

 

 Llegué antes de tiempo, a las 19:30 le toqué timbre al Negro. Al abrirme noté su cara de sorpresa: “No vas a venir así, ¿no?.”, me dijo antes que un “hola” o un “¿cómo andás”. La verdad es que no le di demasiada importancia a sus palabras, aunque un poco me incomodaron. No sé si esperaba que llegue en pollera o con los labios pintados de rojo; de todas maneras, no iba a hacerme perder el control y yo con mis jeans y mi camisita estaba perfecto.

Servicial, me ofreció un vaso de jugo de naranja. Me negué inventando que andaba mal del estómago y, con la cordialidad que siempre lo caracterizó, Ortiz me preparó un tecito con limón. Al verlo venir con cara complacida y la taza en sus manos, miré el reloj: eran las 19:45; faltaban sólo 15 minutos para que lleguen los otros muchachos. Cuando se sentó plácidamente frente a mi, decidido, metí la mano derecha en el bolsillo interior de mi campera y saqué la pistola. Una magnum 42 que había comprado en el mercado negro tiempo atrás, para cuidar la casa ante la creciente ola de asaltos que asediaba a nuestro barrio.

Creo que nunca vi, en toda un vida, a alguien tan asustando como ese tipo. Cuando lo apunté, al Negro el apodo le quedó más ridículo que nunca. Se puso blanco como nieve, hasta sus labios perdieron el color natural. Me invadió una sensación de miedo: pensé que podía desmayarse y eso me complicaría las cosas, antes quería hablar con él.

-          ¿Qué te pasa Tito?. No me gustan este tipo de jodas. Hacéme el favor de guardar el fierro, dale. – dijo tartamudeando, sin moverse, paralizado por la situación.

-          Mirá vos Ortiz, a vos no te gustan estas jodas. A mí tampoco me gustan muchas de las cosas que ustedes me hacen – le contesté sin dejar de apuntarle al pecho.

-          ¿Ustedes?. ¿De qué hablás, Tito?.

-          No te hagas el boludo, querés, no te hagas el boludo. Ustedes los de la barra, siempre me joden y me acusan sin motivos de ser homosexual. – recuerdo que yo también me había puesto nervioso y no podía mantener la pistola derecha; me temblaban las manos-. Con lo de la carta te fuiste al carajo – continué –. Seguro que fue idea tuya, que sos el más turrito de todos. Hasta mi vieja la leyó.

-          ¡¿Cuál es el problema si la leyó tu vieja?!. Era una simple invitación. – se lo notaba más tranquilo y lentamente recuperaba su color.

-          Hijo de puta, no te hagas el boludo. Una simple invitación. ¡Una invitación a que te rompan el orto es para vos una simple invitación! – creo que yo ya estaba gritando.

-          Te dije que es difícil. Los otros juegan lindo y, además, se conocen desde hace mucho tiempo; siempre juegan juntos. – el Negro otra vez estaba blanco.

-          ¿Juegan lindo? ¿Qué me querés decir con eso? – interrogué desconcertado.

-          Que creo que están un par de goles arriba nuestro. Además es una cancha de césped sintético, de esas en las que te caés y te levantás con todas las rodillas peladas. Nosotros, Tito, estamos acostumbrados a jugar en las de cemento. Eso es otra cosa, te agarrás mejor, no están llenas de arena.

-          Vos me invitaste a una fiesta gay. No me hablaste de ningún partido, no me cambiés las cosas. Cagón, ahora no lo reconocés porque tengo el chumbo. Seguro que te habrás cagado de risa con los de la barra. “El trolo estará loco de contento”, habrán comentado. Sí, mirá que contento que estoy que te vengo a cagar a tiros. –  debí finalizar mis palabras cuando vi que Ortiz empezaba a llorar como un mariconcito.

 

Su llanto me puso aún más nervioso, de peor humor. Era consciente de que debía terminar con todo eso rápido. “Boludo, ¡leéla de nuevo!” fue lo último que le escuché decir. Expeditivo, de un balazo le reventé el pecho. Por el impacto, cayó para atrás con silla y todo. Su cabeza, al golpear contra los azulejos amarillos del piso, provocó un estruendo duro y seco. Faltaban cinco minutos para las ocho y salí presuroso para no cruzarme con los otros de la barra. Dejé todo como estaba, al cuerpo no lo toqué. Abrí la puerta con un guante, había tenido la delicadeza de no tocar nada con mis manos en los 25 minutos que estuve ahí dentro, ni la taza del tecito.

Cuando cruzaba la calle, vi que por la mano de enfrente, sobre la manzana de la casa del Negro, doblaban por la esquina Tucho, Pablito y el Gaita. Iban caminando rápido, era un trote disimulado; reían, quizás por la carta que me había escrito Ortiz. Dudé en ir a matarlos a ellos también, pero debo reconocer que cuando distinguí que el Gaita llevaba en su mano una pelota de papi, una insoportable sensación de culpa comenzó a invadirme el pecho. 

 

 

                  

 


 

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