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El
sueño de "Pique Corto"
Por Pablo Lafourcade
Aunque
todavía faltaban más de cuatro horas para
que comience el partido, el estadio mostraba un marco
impresionante, debido, sin dudas, a la inédita
situación en la que se encontraban los locales,
en caso de triunfar eran campeones.
Los
jóvenes decían que jamás en sus
vidas habían visto en esa popular tantas banderas,
tantos globos, tanta expectativa. Distantes, ubicados
en la platea y con rostros muy serios, comentaban los
vitalicios que sí habían visto a este
estadio muchas veces con una emoción semejante
a la que se reinaba esa tarde. Hay que mencionar que
no fue mucho lo que discutieron sobre el tema porque
debido al ensordecedor griterío que salía
desde los cuatro costados, tuvieron que esforzar mucho
sus voces para llegar a ser escuchados y antes de que
empezara el partido estaban todos afónicos y
decidieron, sin mucho acierto, comunicarse mediante
gestos de todo tipo (la mayoría de ellos censurables).
Este último método de intercambio ideológico
fue desencadenante de múltiples malos entendidos
que generaron unos cuantos trompazos certeros.
Sentado
al costado del arco, estaba él, Pablo Deveni
más conocido como "Pique corto", como
lo había bautizado un técnico de las inferiores
cuando Pablito jugaba en sexta. Sus ojos pálidos
y caídos eran fiel reflejo de su indisimulable
tristeza. Esa tarde, a pesar de sus innatas condiciones
de crack, no iba a jugar. Sabía que no iba a
jugar ni ese partido ni ninguno más en toda su
vida. Los médicos del club le habían detectado,
en los exámenes de rutina antes de comenzar la
temporada, una cardiopatía severa que tornaba
imposible su participación en un partido de fútbol.
El
cardiólogo, meses atrás, luego de estudiar
minuciosamente los últimos exámenes le
dijo: "Mire Deveni, usted puede caer muerto al
intentar un pique corto, yo le recomiendo, No, mejor
dicho le prohíbo que pise un campo de juego,
ni siquiera para entrenar durante la semana". El
joven y talentosísimo delantero, siguió
al pie de la letra las recomendaciones y ordenanzas
del doctor y a su pesar, tuvo que contentarse con ir
al banco, ya que algunas veces le pedía al Pepe,
el técnico, que lo incluyera entre los dieciséis
que salían al campo de juego para poder sentir
que ese fervor que había en las tribunas se debía,
también, un poquito por él.
La
gente lo quería es verdad, aunque nunca lo tuvo
como ídolo ni mucho menos. Ídolos, lo
que se dicen ídolos, eran el Pistola Gutiérrez
y el Perro Andrade, tipos de esos a los que ni el más
enfervorizado y furioso hincha podía reclamarles
algo. Ellos ya le habían dado todo lo que tenían
al modesto Sportivo Subasta. El Perro era tan respetado
que ni siquiera las hinchadas rivales se animaban a
insultarlo, un poco por respeto y otro tanto porque
al último valiente que se animó a levantarle
la voz desde la popular: "Corré marmota",
fue lo que le dijo, Andrade lo rastreó durante
todo un mes y cuando lo halló, sin dar rodeos,
lo cagó bien a palos.
Pero
estábamos con Deveni, él a pesar de su
habilidad, tipo capaz de dar el más maravilloso
pase de toda la historia, nunca le dio grandes alegrías
a su público porque sumaba en primera solo un
par de minutos, repartidos en unos cuantos partidos
de escasa importancia.
Mientras
tanto el desgraciado delantero seguía ahí,
estático, mirando sin ver hacia el centro de
la cancha. Era consciente de que el partido que pronto
iba a comenzar sería su última posibilidad
para triunfar en el fútbol, de convertirse en
ídolo por un día. De hecho todavía
estaba en el plantel porque ya estaba inscripto en las
planillas oficiales en el momento en que le detectaron
su problema de salud. Era seguro que cuando terminara
el campeonato, sería borrado del plantel y nunca
más pisaría una cancha de fútbol.
Un
petardo tirado desde la popular local, cayó a
menos de un metro de su lugar y Deveni lejos de maldecir
a quien lo había arrojado, miró hacia
la tribuna y con un gesto sincero agradeció a
la enardecida multitud porque el ruido de la explosión
lo había despertado. Pablito se había
quedado dormido, seguro que buscando el mismo sueño
que le pedía a Dios todas las noches. Él
quería soñar que estaba sano, que podía
jugar. Buscaba un sueño en el cual el médico
que le dio el terminante resultado de sus análisis
dijese mirándolo a los ojos y de un saque:"Deveni
usted está perfecto, solo fue un susto pero quédese
tranquilo podrá seguir deleitándonos a
todos con esos piques cortos únicos, inconfundibles
y letales que sólo usted puede hacer y que, a
todos nosotros, tanto nos gustan". "Bueno,
parece que otra vez no tuve suerte... ya lo soñaré",
fue lo que se dijo a si mismo para darse un poco de
ánimo. Con mucha intuición pensó
que ya sería la hora de la charla técnica,
se levantó de un tirón y mirando el césped
se fue despacito al vestuario.
En
las tribunas el aliento seguía siendo insoportable,
y los más peleadores, ya con algo de voz, volvieron
a las viejas discusiones sobre si el estadio alguna
vez había tenido o no, tanto público y,
consecuentemente, semejante bullicio.
El
reloj marcó las seis de la tarde y el capitán
del Sportivo, el Pistola Gutiérrez , asomó
la cabeza por la manga, delatando la inminente salida
de los equipos. Ahora si, este humilde narrador se anima
a afirmar que jamás hubo un recibimiento tan
espectacular en la toda la historia del fútbol.
En ese momento la infinita cantidad de papeles que cada
uno de los hinchas tenía celosamente apretujada
en sus manos, fueron soltados al aire para que libres
vuelen hasta el cielo y luego de bailar un rato con
el viento, se entregasen en un abrazo fugaz pero intenso
y sentido con los jugadores. El cielo fue de papeles
que tardaron en caer varios minutos, cubriendo posteriormente
de blanco todo el terreno, lo que demoró el comienzo
del partido aproximadamente media hora. No había
una persona que no sintiese ese cosquilleo mezclado
con angustia en el pecho, sumado esto a un insoportable
temblor en las piernas de todas las personas que estaban
en la cancha.
Con
el césped vació de papel y serpentina,
salió el visitante, Desamparados en la Angustia
de Trelew y la silbatina aturdió a todos sus
jugadores. Los más sensibles perdieron la estabilidad,
cayeron violentamente al césped y como desesperada
defensa, sólo atinaron a taparse con fuerza los
oídos, casi hasta aplastarse de forma irreparable
sus tímpanos. Cualquier cosa era mejor a esa
silbatina, cuyo distintivo fue que únicamente
afectó a los jugadores visitantes, seguramente
porque el hecho de saberse destinatarios de la abucheada
potenció en ellos sus nocivos efectos.
Cuando
estuvo todo listo, el árbitro miró a los
arqueros para que le den el visto bueno y arrancar el
partido, luego hizo sonar una vez y fuertemente su silbato,
al grito de "JUEGO SEÑORES".
El
arranque era de esperar. Sportivo monopolizaba el dominio
del balón pero padecía una sensible y
preocupante falta de ideas, que con el tiempo fue creciendo
hasta apagar el fuego que esos miles de hinchas habían
generado desde hacía larguísimas horas.
A Desamparados el empate le sentaba bárbaro,
por eso no sorprendió que su técnico mandase,
de entrada nomás, a sus once a hombres a cumplir
funciones defensivas. Ellos sabían que estaban
en el matadero y salieron a la cancha con el único
objetivo de no ser goleados por los locales, y a fuerza
de meter, meter y no dejar nunca de meter fueron pasando
los minutos, hasta llegar al cuarenta y siete, momento
en que el réferi señaló con su
índice izquierdo el círculo central, comunicándole
a los veintidós protagonistas que ésta
aburridísima primera mitad había terminado.
Con
sus manos tomándose los pies y el mentón
apoyado en las rodillas, Deveni observaba junto con
sus compañeros de banca como los primeros minutos
del segundo tiempo se iban esfumando, en forma directamente
proporcional a la posibilidad de marcar un gol para
darle al modesto Sportivo, su primer título profesional.
A
los 25, harto de un juego tan mediocre, el técnico
local, le dijo a los suplentes que empiecen a moverse,
a entrar en calor, a elongar sus músculos porque,
algunos de ellos, tendrían la chance de ingresar
a la cancha en un par de minutos. Casi todos los jugadores
se levantaron entusiasmados y comenzaron con las indicaciones.
Y digo casi todos porque Deveni no se levantó,
debido al delicado estado en que se encontraba su corazón,
no podía cumplir las rutinas que le pidió
el técnico. "Para qué arriesgar",
pensó con resignación.
Cinco
minutos más tarde el técnico empapado
de miedo por la posibilidad de que se escape el campeonato,
realizó dos variantes. Entraron Pompillia y "El
Lungo" González. El primero era un delantero
dueño de toscos movimientos y el segundo un impresentable
defensor que sólo podía entrar para intentar
pescar algunos de los miles de centros que llovían
de todos los costados contra el arco visitante.
No
había nada que hacer, el partido expiraba y la
pelota, en esa tarde ya casi vestida de noche, parecía
que no iba a entrar. Fue en ese momento que Deveni se
acercó al desorientado técnico, tuvo que
llamarlo tocándole el hombro izquierdo con sus
manos temblorosas porque sus gritos reclamando atención
eran ignorados debido al renovado e incesable aliento
de la gente, que ya gritaba más por impulso que
por convencimiento de que eso pudiese ayudar a los jugadores.
-
Me pone? - empezó Deveni, siempre hablando con
reverencia y sin tutear al técnico, aunque el
trato no era correspondido.
- Vos enloqueciste, sentate y dejate de joder. Hoy no
estoy para que me rompas las pelotas.
- Quiero jugar, piénselo, no tiene más
delanteros en el banco, todavía le queda un cambio
y faltan cinco minutos para que todos sus sueños
se hagan humo. ¿Qué pierde?. Ésta
es mi última oportunidad de jugar un partido
de fútbol.
- Ya te dije que te sientes.
Obediente,
ya sin expectativas de ingresar, Deveni fue directo
al banco de suplentes, se sentó y sus ojos, siempre
tristes, no tardaron en llenarse de lágrimas.
Lloraba desesperadamente y una viscosa mucosidad empezó
a salir de sus fosas nasales. Mientras miraba el piso,
para que sus compañeros no lo vean llorar, escuchó
las palabras más hermosas que le dijeron en toda
su vida: "Deveni, jamás pensé que
te iba a decir esto pero estoy jugado, sacate el buzo
que entrás", fue más o menos lo que
le dijo el técnico, quien en ese entonces ya
transitaba el límite entre la cordura y la locura
. Deveni preso de una alegría indescriptible,
levantó su cabeza, sin intentos por disimular
se sacó los trasparentes mocos que aún
colgaban de su nariz y sólo atinó a decir
"Gracias", cuando ya estaba dentro de la cancha.
Eran
sus últimos dos minutos como futbolista aunque
él, lejos de desesperarse, se entusiasmaba con
la posibilidad de que el tiempo de descuento fuera de
otros ciento veinte segundos. Lo que aumentaría
sus posibilidades de jugar en un cien por ciento. Es
que para un tipo que juega los noventa, el tiempo adicional,
salvo que se marque un gol, pasa desapercibido pero
para los desafortunados que sólo deben conformarse
con jugar desde los 43 del segundo tiempo, dos minutos
agregados es duplicar ese tiempo de esperanza y si esto
se le suma que el jugador se despide de por vida de
las canchas esos dos minutos se convierten en dos días.
Sus
primeros segundos en el partido los consumió
realizando el trayecto que separaba el banco de suplentes
hasta el sector de la cancha en donde este delantero,
habilidoso y de frágil salud, mejor se sabía
mover. "Aquí está mi lugar en el
mundo", se solía decir Deveni cuando pisaba
el sector izquierdo del ataque de su equipo.
En
los momentos en que el cuarto árbitro mostraba
que se iba a jugar solo un minuto más, Deveni
sintió que le estaban quitando gran parte de
su derecho a mostrarse dentro de una cancha y se quedó
pensando en la importancia vital que puede tener en
su vida ese minuto que no se va a jugar. Fue sacado
a los tirones de su pensamiento por el desencajado grito
de uno de sus compañeros: "DEVENI BOLUDO,
CORRELA, CORRELA!!!".
El delantero levantó la cabeza y vio como la
pelota lo coqueataba desde su fugaz soledad a unos pocos
metros de distancia. Esforzándose como hacía
mucho tiempo que no lo hacía, pegó varios
cuantos trancos y se adueño del balón.
Sería la última vez en su vida que estuviese
en contacto con la pelota. Desbordado por la confianza
se propuso a si mismo llegar a hasta el arquero rival.
Sabía que su tarea no era sencilla, delante de
él quedaban aun dos defensores, que si bien eran
altos y lentos, no errarían sus salvajes patadas
en cuanto tuviesen al delantero a tiro.
Deveni
avanzó hasta que llegó el momento de decidir
que hacer ante la presurosa salida del número
dos rival. Casi sin pensarlo y de pura costumbre, tiró
la pelota por el lado izquierdo del defensor y a la
carrera le pasó por el costado derecho para reencontrarse,
nuevamente, con su preciado tesoro. Al ver esto, el
segundo marcador que le quedaba por pasar para vérselas
con el arquero, le salió en tres cuartos de cancha
con una tremenda plancha que "Pique Corto"
pudo evitar repitiendo la misma fórmula aunque
invirtiendo el procedimiento, esta vez pasó el
esférico por el lado derecho y su corrida triunfal
la encaró por el izquierdo. El estadio se venía
abajo, era seguramente la última jugada del partido
y absolutamente exhausto, Pablito, quedó, al
fin, mano a mano con el arquero.
En
esos segundos, a Deveni, le pasó por su cabeza
el resumen de toda su vida como si se tratase de una
película y pensó que la mejor manera de
terminar su etapa de futbolista era con la hinchada
coreando su nombre por primera y única vez. Claro
para esto tenía que convertir y todavía
faltaba pasar la última estación en su
viaje hacía la gloria.
El arquero con desesperación y un dejo de resignación,
atinó a salir del arco para atorar al delantero.
A la altura de la medialuna se encontraron separados
por un metro. Denevi lo miró, fantaseó
con la posibilidad de picarle el remate pero ante su
inseguridad recurrió a su arma más letal:
el pique corto. Decidido, apretó bien los dientes,
se hamacó sobre su cintura y con el arquero desconcertado,
lanzó, con su derecha mágica, la pelota
hacía adelante para empezar su última
carrera hacia el gol. Pero el impacto fue violento y
Deveni se vio obligado a dejar lo que no tenía
para intentar alcanzar el balón... "No llego
CARAJO!!! No llego", comentó para sus adentros,
mientras corría como nunca antes en su vida.
Al ver que su desesperado esfuerzo por capturar la pelota
sería inútil, Pablo optó por lanzarse
al piso para intentar, con la punta de su botín
diestro, llegar a corregir el destino del tiro. Fue
al piso, arañó la pelota y se encaminó
inexorablemente hacia la red. El estadio era un infierno,
el técnico no podía creer lo que estaba
viendo, mientras repetía: "Yo sabía,
yo sabía", Deveni despatarrado en el césped
no quería ver y optó por cerrar sus ojos,
mientras la tribuna se anticipaba al grito triunfal
con el característico "GOOOOOOOO".
Que se transformó en "UUUUHHHH" cuando
la pelota besó la base del palo izquierdo y se
fue mansita por el fondo de la cancha, justo al momento
en que el réferi daba por terminado el encuentro.
Nadie podía creerlo ni podrá creer jamás,
CÓMO NO ENTRÓ ESA PELOTA!!! Ahora no se
discutía, ese estadio jamás había
estado colmado por semejante silencio.
Vencido
Deveni, tiró su cabeza hacía atrás
y aun desde el piso, sintió como su corazón
también terminaba con su partido personal, explotando
en mil pedazos. "Valió la pena", se
dijo, y quedó muerto.
La
noticia de la fatilidad fue corriendo de boca en boca
por todo el estadio y desde el centro de la popular,
a pesar de la derrota, nació un canto al que
se fue sumando todo el estadio. "DEVEEENI, DEVEEENI,
DEVEEENI", se escuchó por primera y última
vez.
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