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Pagina Oficial del Pepín Deportivo
En esta sección les contaremos como nació nuestro equipo, y cuales fueron nuestras hazañas...

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13. ¿El pastor tiene otro nieto?

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Cuentos

1.
El sueño de Pique Corto

2.
El Que Escondió la Pelota

3. Un poco de Cultura

El sueño de "Pique Corto"
Por Pablo Lafourcade

Aunque todavía faltaban más de cuatro horas para que comience el partido, el estadio mostraba un marco impresionante, debido, sin dudas, a la inédita situación en la que se encontraban los locales, en caso de triunfar eran campeones.

Los jóvenes decían que jamás en sus vidas habían visto en esa popular tantas banderas, tantos globos, tanta expectativa. Distantes, ubicados en la platea y con rostros muy serios, comentaban los vitalicios que sí habían visto a este estadio muchas veces con una emoción semejante a la que se reinaba esa tarde. Hay que mencionar que no fue mucho lo que discutieron sobre el tema porque debido al ensordecedor griterío que salía desde los cuatro costados, tuvieron que esforzar mucho sus voces para llegar a ser escuchados y antes de que empezara el partido estaban todos afónicos y decidieron, sin mucho acierto, comunicarse mediante gestos de todo tipo (la mayoría de ellos censurables). Este último método de intercambio ideológico fue desencadenante de múltiples malos entendidos que generaron unos cuantos trompazos certeros.

Sentado al costado del arco, estaba él, Pablo Deveni más conocido como "Pique corto", como lo había bautizado un técnico de las inferiores cuando Pablito jugaba en sexta. Sus ojos pálidos y caídos eran fiel reflejo de su indisimulable tristeza. Esa tarde, a pesar de sus innatas condiciones de crack, no iba a jugar. Sabía que no iba a jugar ni ese partido ni ninguno más en toda su vida. Los médicos del club le habían detectado, en los exámenes de rutina antes de comenzar la temporada, una cardiopatía severa que tornaba imposible su participación en un partido de fútbol.

El cardiólogo, meses atrás, luego de estudiar minuciosamente los últimos exámenes le dijo: "Mire Deveni, usted puede caer muerto al intentar un pique corto, yo le recomiendo, No, mejor dicho le prohíbo que pise un campo de juego, ni siquiera para entrenar durante la semana". El joven y talentosísimo delantero, siguió al pie de la letra las recomendaciones y ordenanzas del doctor y a su pesar, tuvo que contentarse con ir al banco, ya que algunas veces le pedía al Pepe, el técnico, que lo incluyera entre los dieciséis que salían al campo de juego para poder sentir que ese fervor que había en las tribunas se debía, también, un poquito por él.

La gente lo quería es verdad, aunque nunca lo tuvo como ídolo ni mucho menos. Ídolos, lo que se dicen ídolos, eran el Pistola Gutiérrez y el Perro Andrade, tipos de esos a los que ni el más enfervorizado y furioso hincha podía reclamarles algo. Ellos ya le habían dado todo lo que tenían al modesto Sportivo Subasta. El Perro era tan respetado que ni siquiera las hinchadas rivales se animaban a insultarlo, un poco por respeto y otro tanto porque al último valiente que se animó a levantarle la voz desde la popular: "Corré marmota", fue lo que le dijo, Andrade lo rastreó durante todo un mes y cuando lo halló, sin dar rodeos, lo cagó bien a palos.

Pero estábamos con Deveni, él a pesar de su habilidad, tipo capaz de dar el más maravilloso pase de toda la historia, nunca le dio grandes alegrías a su público porque sumaba en primera solo un par de minutos, repartidos en unos cuantos partidos de escasa importancia.

Mientras tanto el desgraciado delantero seguía ahí, estático, mirando sin ver hacia el centro de la cancha. Era consciente de que el partido que pronto iba a comenzar sería su última posibilidad para triunfar en el fútbol, de convertirse en ídolo por un día. De hecho todavía estaba en el plantel porque ya estaba inscripto en las planillas oficiales en el momento en que le detectaron su problema de salud. Era seguro que cuando terminara el campeonato, sería borrado del plantel y nunca más pisaría una cancha de fútbol.

Un petardo tirado desde la popular local, cayó a menos de un metro de su lugar y Deveni lejos de maldecir a quien lo había arrojado, miró hacia la tribuna y con un gesto sincero agradeció a la enardecida multitud porque el ruido de la explosión lo había despertado. Pablito se había quedado dormido, seguro que buscando el mismo sueño que le pedía a Dios todas las noches. Él quería soñar que estaba sano, que podía jugar. Buscaba un sueño en el cual el médico que le dio el terminante resultado de sus análisis dijese mirándolo a los ojos y de un saque:"Deveni usted está perfecto, solo fue un susto pero quédese tranquilo podrá seguir deleitándonos a todos con esos piques cortos únicos, inconfundibles y letales que sólo usted puede hacer y que, a todos nosotros, tanto nos gustan". "Bueno, parece que otra vez no tuve suerte... ya lo soñaré", fue lo que se dijo a si mismo para darse un poco de ánimo. Con mucha intuición pensó que ya sería la hora de la charla técnica, se levantó de un tirón y mirando el césped se fue despacito al vestuario.

En las tribunas el aliento seguía siendo insoportable, y los más peleadores, ya con algo de voz, volvieron a las viejas discusiones sobre si el estadio alguna vez había tenido o no, tanto público y, consecuentemente, semejante bullicio.

El reloj marcó las seis de la tarde y el capitán del Sportivo, el Pistola Gutiérrez , asomó la cabeza por la manga, delatando la inminente salida de los equipos. Ahora si, este humilde narrador se anima a afirmar que jamás hubo un recibimiento tan espectacular en la toda la historia del fútbol. En ese momento la infinita cantidad de papeles que cada uno de los hinchas tenía celosamente apretujada en sus manos, fueron soltados al aire para que libres vuelen hasta el cielo y luego de bailar un rato con el viento, se entregasen en un abrazo fugaz pero intenso y sentido con los jugadores. El cielo fue de papeles que tardaron en caer varios minutos, cubriendo posteriormente de blanco todo el terreno, lo que demoró el comienzo del partido aproximadamente media hora. No había una persona que no sintiese ese cosquilleo mezclado con angustia en el pecho, sumado esto a un insoportable temblor en las piernas de todas las personas que estaban en la cancha.

Con el césped vació de papel y serpentina, salió el visitante, Desamparados en la Angustia de Trelew y la silbatina aturdió a todos sus jugadores. Los más sensibles perdieron la estabilidad, cayeron violentamente al césped y como desesperada defensa, sólo atinaron a taparse con fuerza los oídos, casi hasta aplastarse de forma irreparable sus tímpanos. Cualquier cosa era mejor a esa silbatina, cuyo distintivo fue que únicamente afectó a los jugadores visitantes, seguramente porque el hecho de saberse destinatarios de la abucheada potenció en ellos sus nocivos efectos.

Cuando estuvo todo listo, el árbitro miró a los arqueros para que le den el visto bueno y arrancar el partido, luego hizo sonar una vez y fuertemente su silbato, al grito de "JUEGO SEÑORES".

El arranque era de esperar. Sportivo monopolizaba el dominio del balón pero padecía una sensible y preocupante falta de ideas, que con el tiempo fue creciendo hasta apagar el fuego que esos miles de hinchas habían generado desde hacía larguísimas horas. A Desamparados el empate le sentaba bárbaro, por eso no sorprendió que su técnico mandase, de entrada nomás, a sus once a hombres a cumplir funciones defensivas. Ellos sabían que estaban en el matadero y salieron a la cancha con el único objetivo de no ser goleados por los locales, y a fuerza de meter, meter y no dejar nunca de meter fueron pasando los minutos, hasta llegar al cuarenta y siete, momento en que el réferi señaló con su índice izquierdo el círculo central, comunicándole a los veintidós protagonistas que ésta aburridísima primera mitad había terminado.

Con sus manos tomándose los pies y el mentón apoyado en las rodillas, Deveni observaba junto con sus compañeros de banca como los primeros minutos del segundo tiempo se iban esfumando, en forma directamente proporcional a la posibilidad de marcar un gol para darle al modesto Sportivo, su primer título profesional.

A los 25, harto de un juego tan mediocre, el técnico local, le dijo a los suplentes que empiecen a moverse, a entrar en calor, a elongar sus músculos porque, algunos de ellos, tendrían la chance de ingresar a la cancha en un par de minutos. Casi todos los jugadores se levantaron entusiasmados y comenzaron con las indicaciones. Y digo casi todos porque Deveni no se levantó, debido al delicado estado en que se encontraba su corazón, no podía cumplir las rutinas que le pidió el técnico. "Para qué arriesgar", pensó con resignación.

Cinco minutos más tarde el técnico empapado de miedo por la posibilidad de que se escape el campeonato, realizó dos variantes. Entraron Pompillia y "El Lungo" González. El primero era un delantero dueño de toscos movimientos y el segundo un impresentable defensor que sólo podía entrar para intentar pescar algunos de los miles de centros que llovían de todos los costados contra el arco visitante.

No había nada que hacer, el partido expiraba y la pelota, en esa tarde ya casi vestida de noche, parecía que no iba a entrar. Fue en ese momento que Deveni se acercó al desorientado técnico, tuvo que llamarlo tocándole el hombro izquierdo con sus manos temblorosas porque sus gritos reclamando atención eran ignorados debido al renovado e incesable aliento de la gente, que ya gritaba más por impulso que por convencimiento de que eso pudiese ayudar a los jugadores.

- Me pone? - empezó Deveni, siempre hablando con reverencia y sin tutear al técnico, aunque el trato no era correspondido.
- Vos enloqueciste, sentate y dejate de joder. Hoy no estoy para que me rompas las pelotas.
- Quiero jugar, piénselo, no tiene más delanteros en el banco, todavía le queda un cambio y faltan cinco minutos para que todos sus sueños se hagan humo. ¿Qué pierde?. Ésta es mi última oportunidad de jugar un partido de fútbol.
- Ya te dije que te sientes.

Obediente, ya sin expectativas de ingresar, Deveni fue directo al banco de suplentes, se sentó y sus ojos, siempre tristes, no tardaron en llenarse de lágrimas. Lloraba desesperadamente y una viscosa mucosidad empezó a salir de sus fosas nasales. Mientras miraba el piso, para que sus compañeros no lo vean llorar, escuchó las palabras más hermosas que le dijeron en toda su vida: "Deveni, jamás pensé que te iba a decir esto pero estoy jugado, sacate el buzo que entrás", fue más o menos lo que le dijo el técnico, quien en ese entonces ya transitaba el límite entre la cordura y la locura . Deveni preso de una alegría indescriptible, levantó su cabeza, sin intentos por disimular se sacó los trasparentes mocos que aún colgaban de su nariz y sólo atinó a decir "Gracias", cuando ya estaba dentro de la cancha.

Eran sus últimos dos minutos como futbolista aunque él, lejos de desesperarse, se entusiasmaba con la posibilidad de que el tiempo de descuento fuera de otros ciento veinte segundos. Lo que aumentaría sus posibilidades de jugar en un cien por ciento. Es que para un tipo que juega los noventa, el tiempo adicional, salvo que se marque un gol, pasa desapercibido pero para los desafortunados que sólo deben conformarse con jugar desde los 43 del segundo tiempo, dos minutos agregados es duplicar ese tiempo de esperanza y si esto se le suma que el jugador se despide de por vida de las canchas esos dos minutos se convierten en dos días.

Sus primeros segundos en el partido los consumió realizando el trayecto que separaba el banco de suplentes hasta el sector de la cancha en donde este delantero, habilidoso y de frágil salud, mejor se sabía mover. "Aquí está mi lugar en el mundo", se solía decir Deveni cuando pisaba el sector izquierdo del ataque de su equipo.

En los momentos en que el cuarto árbitro mostraba que se iba a jugar solo un minuto más, Deveni sintió que le estaban quitando gran parte de su derecho a mostrarse dentro de una cancha y se quedó pensando en la importancia vital que puede tener en su vida ese minuto que no se va a jugar. Fue sacado a los tirones de su pensamiento por el desencajado grito de uno de sus compañeros: "DEVENI BOLUDO, CORRELA, CORRELA!!!".

El delantero levantó la cabeza y vio como la pelota lo coqueataba desde su fugaz soledad a unos pocos metros de distancia. Esforzándose como hacía mucho tiempo que no lo hacía, pegó varios cuantos trancos y se adueño del balón. Sería la última vez en su vida que estuviese en contacto con la pelota. Desbordado por la confianza se propuso a si mismo llegar a hasta el arquero rival. Sabía que su tarea no era sencilla, delante de él quedaban aun dos defensores, que si bien eran altos y lentos, no errarían sus salvajes patadas en cuanto tuviesen al delantero a tiro.

Deveni avanzó hasta que llegó el momento de decidir que hacer ante la presurosa salida del número dos rival. Casi sin pensarlo y de pura costumbre, tiró la pelota por el lado izquierdo del defensor y a la carrera le pasó por el costado derecho para reencontrarse, nuevamente, con su preciado tesoro. Al ver esto, el segundo marcador que le quedaba por pasar para vérselas con el arquero, le salió en tres cuartos de cancha con una tremenda plancha que "Pique Corto" pudo evitar repitiendo la misma fórmula aunque invirtiendo el procedimiento, esta vez pasó el esférico por el lado derecho y su corrida triunfal la encaró por el izquierdo. El estadio se venía abajo, era seguramente la última jugada del partido y absolutamente exhausto, Pablito, quedó, al fin, mano a mano con el arquero.

En esos segundos, a Deveni, le pasó por su cabeza el resumen de toda su vida como si se tratase de una película y pensó que la mejor manera de terminar su etapa de futbolista era con la hinchada coreando su nombre por primera y única vez. Claro para esto tenía que convertir y todavía faltaba pasar la última estación en su viaje hacía la gloria.

El arquero con desesperación y un dejo de resignación, atinó a salir del arco para atorar al delantero. A la altura de la medialuna se encontraron separados por un metro. Denevi lo miró, fantaseó con la posibilidad de picarle el remate pero ante su inseguridad recurrió a su arma más letal: el pique corto. Decidido, apretó bien los dientes, se hamacó sobre su cintura y con el arquero desconcertado, lanzó, con su derecha mágica, la pelota hacía adelante para empezar su última carrera hacia el gol. Pero el impacto fue violento y Deveni se vio obligado a dejar lo que no tenía para intentar alcanzar el balón... "No llego CARAJO!!! No llego", comentó para sus adentros, mientras corría como nunca antes en su vida. Al ver que su desesperado esfuerzo por capturar la pelota sería inútil, Pablo optó por lanzarse al piso para intentar, con la punta de su botín diestro, llegar a corregir el destino del tiro. Fue al piso, arañó la pelota y se encaminó inexorablemente hacia la red. El estadio era un infierno, el técnico no podía creer lo que estaba viendo, mientras repetía: "Yo sabía, yo sabía", Deveni despatarrado en el césped no quería ver y optó por cerrar sus ojos, mientras la tribuna se anticipaba al grito triunfal con el característico "GOOOOOOOO". Que se transformó en "UUUUHHHH" cuando la pelota besó la base del palo izquierdo y se fue mansita por el fondo de la cancha, justo al momento en que el réferi daba por terminado el encuentro. Nadie podía creerlo ni podrá creer jamás, CÓMO NO ENTRÓ ESA PELOTA!!! Ahora no se discutía, ese estadio jamás había estado colmado por semejante silencio.

Vencido Deveni, tiró su cabeza hacía atrás y aun desde el piso, sintió como su corazón también terminaba con su partido personal, explotando en mil pedazos. "Valió la pena", se dijo, y quedó muerto.

La noticia de la fatilidad fue corriendo de boca en boca por todo el estadio y desde el centro de la popular, a pesar de la derrota, nació un canto al que se fue sumando todo el estadio. "DEVEEENI, DEVEEENI, DEVEEENI", se escuchó por primera y última vez.

 

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